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La transformación

Hablaré aquí de la transformación que sufren algunos libros que, en sus orígenes, fueron pensados, escritos y publicados para adultos, pero luego fueron absorbidos por la LIJ y ahora solo se leen como LIJ.


Como dije en alguna norreseña previa (con más afán de polémica que certeza), la LIJ es una categoría editorial, no literaria, así que solo hace falta eso, que una editorial publique un libro como infantil o juvenil, para que automáticamente lo sea.


Por dar un ejemplo, Julio Verne no escribió nunca para niñes y jóvenes (ni siquiera existía algo a lo que llamar LIJ, en ese momento) y hoy en día toda su obra se considera infantil-juvenil.


¿Está mal? No, para nada, no digo eso. Probablemente, a muchos autores les encanta o encantaría (si vivieran) que esto suceda (yo mismo tengo un par de libros de mi autoría que, en mi opinión, no son muy LIJ que digamos, pero que fueron publicados como LIJ porque “se sabe” que soy un autor de LIJ, y agradezco que me piensen así).


Así como Verne, podemos mencionar la obra entera de Emilio Salgari, algunos libros de Dickens, muchos de Jack London, El corazón de las tinieblas, el Martín Fierro, Los viajes de Gulliver, Jane Eyre, Dr. Jekill & Mr. Hyde, la lista podría continuar indefinidamente. Algunos autores no están del todo confinados aún en la LIJ, pero van camino a eso, como Cortázar, Poe o Cervantes.


Pero en algunos casos, la reclusión de esas obras en la LIJ implica necesariamente, como adelanté, una transformación y, en última instancia, una traición (quizás al autor, pero seguramente al lector). ¿A qué me refiero? A que Los viajes de Gulliver, Jane Eyre, Oliver Twist, el Quijote, etcétera, que no fueron pensados ni escritos como LIJ, y por más buena voluntad que se les ponga, no funcionarían como LIJ... salvo que se los adaptara de alguna forma. Estas obras que mencioné recién, por ejemplo, tienen todas más de 700 páginas (Oliver Twist, más de mil) y un lenguaje extremadamente lejano y complejo, para niñes o o adolescentes actuales; para poder publicarlas como LIJ se las tala impiadosamente, se modifica y allana su lenguaje, se les quitan los términos inconvenientes, las referencias literarias, filosóficas o eruditas o, si las hubiere, las escenas de sexo o de violencia extrema... En fin: se las vuelve “aptas para el consumo” infantil-juvenil.


¿Por qué eso es, opino, una traición al lector? Porque muchos de nosotros creemos haber leído (en colecciones infantiles o juveniles) Oliver Twist o Jane Eyre o el Quijote, pero no lo hicimos. Solo leímos adaptaciones, traducciones adaptadoras, extractos incompletos. Textos muy distintos y que solo recuerdan vagamente a los originales, pero que de ninguna forma son equivalentes. En verdad, no leímos esos libros. Hemos sido engañados.


Porque si algo aprendí de literatura es que en una obra literaria no se puede separar el contenido de la forma: viene todo junto. Una obra literaria es, siempre, las palabras con las que fue escrita. “Conocer de qué trata” el Quijote o el Gulliver nunca (nunca) es equivalente a haber leído el libro original. Se puede reversionar el Quijote, adaptarlo, cortarle partes o lo que sea: pero debería aclararse, al hacerlo, que lo que estarán leyendo quienes lean eso no es, no podría ser, no será nunca el Quijote de Cervantes. Incluso si el resultado fuera bueno y tuviera valor literario, no será el original. Será otra cosa.


Muchas veces es el traductor (cuando la obra fue originalmente escrita en otro idioma) quien realiza las operaciones necesarias para adaptar la obra: consigue (mediante diversas operaciones, a menudo requeridas por el editor) “facilitar” y seleccionar el texto para que quede legible y apto para un lector en formación. Otras veces, el editor mismo es el que realiza la operación (sin anestesia).


Y llego aquí al libro que quería norreseñar hoy, que es para mí un ejemplo supremo de lo que vengo diciendo: La transformación, de Franz Kafka.


Un libro para nada LIJ que muy probablemente leímos como LIJ, con otro título (La metamorfosis) y en traducciones que adaptaron el lenguaje y la sintaxis del autor para hacerlos más sencillos y “potables”.


Para que se den una idea, la complejidad de la prosa de Kafka solo es comparable, entre los (digamos) “clásicos de la literatura universal”, con la de Faulkner o Joyce. Escribía muuuuy raro, con oraciones agramaticales, incesantemente recursivas, con repeticiones, cláusulas sin cierre, neologismos, palabras traídas de la jerga de los contratos o los trámites burocráticos y muchas más irregularidades, como si no hubiera aprendido del todo el idioma (aunque escribía en alemán, Kafka era checo, el alemán no era su lengua materna).


Y esta es una obra llena de melancolía, de incomodidad con el sistema, de estoica desazón, con personajes oscuros y, en ocasiones, perversos-tétricos (como el supervisor en la primera parte, o los tres inquilinos de la tercera parte que son casi como las tres brujas de Macbeth, si estuvieran en una película de David Lynch), con un absurdo que te haría reír si no te hiciera llorar y que te pega, si lo estás leyendo en alemán o en una traducción decente, con la fuerza de un cross a la mandíbula. Incluso hay en la obra, si uno escarba apenas en la superficie, una prefiguración del nazismo en ciernes y de la explotación laboral extrema del capitalismo salvaje. Y hay una poética tristeza quebrada que es muy difícil de comprender por completo si uno es niño, pero que siendo adulto puede apreciarse, considero, mucho mejor. Y la transformación que se cuenta no es, en realidad, la de Gregor (no, al menos, solo la de él), sino la de la familia (como una unidad) y la de cada uno de sus integrantes (su padre, su madre, su hermana menor) que se transforman también en formas decisivas, desde la mañana en que Gregor se convierte en bicho (de hecho, la escena final de la historia, ya sin Gregor presente, nos muestra el estadio final de la transformación de la hermana, Grete).


Pero a alguien se le ocurrió que este texto, que era bastante breve y cuyo contenido podía resumirse en una frase sencilla (“un hombre se despierta en la mañana convertido en un bicho” [¡no se transforma en un insecto, por cierto! Es un Ungeziefer, un bicho no definido] ) era ideal para que niñes y jóvenes leyeran y accedieran a un “gran escritor”. Se tomó la primera traducción al castellano (publicada en la Revista de Occidente en 1925, por un traductor que no firmó su trabajo), con un título incorrecto (die Verwandlung significa “la transformación”, no “la metamorfosis”; en alemán existe la palabra Metamorphose, si Kafka hubiera querido titular así su obra) y con la prosa “arreglada” para “embellecerla” y llegar a una lectura fácil y sin mayores complicaciones.

(Tengo esta bella edición del Círculo de Lectores, de 1986, con geniales e inquietantes ilustraciones de José Hernández [no el del Martín Fierro, sino el gran dibujante e ilustrador cordobés que murió en 2013] y que promete “Versión de Jorge Luis Borges”, aunque claramente esa traducción deficiente y castiza no podría ser de Borges de ninguna forma, y él mismo confirmó, en una entrevista que le hicieron pocos años antes de su muerte, que nunca había traducido Die Verwandlung).


Y por eso esta obra, que casi todos leímos, no fue leída en realidad por casi nadie, al menos en español. Sabemos de qué va el libro: pero como dije, eso nunca es igual a haberlo leído en serio. Porque la forma (maravillosa, intrincada y angustiante) en que Kafka escribió su nouvelle es una parte esencial e inescindible de la historia que nos está contando. “Un hombre se despierta en la mañana convertido en bicho” no nos dice nada, sobre el libro de Kafka: cuando nos dijeron que sí, nos engañaron. Como a infantes.


Y caímos, así como “cayeron” estos libros en la Frontera de la LIJ, sin quererlo y sin que nadie les preguntara.







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