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Magia de Al-Muhadá


En estos días ocurrió que casualmente leí dos novelas protagonizadas por chicos en situación de calle, y eso me linkeó mentalmente con mis dos referentes novelísticos sobre el tema, “El tesoro subterráneo”, de Mario Méndez (en Barco de Vapor), y la novela que les comento-norreseño hoy, “Magia de Al-Muhadá”, de María Laura Dedé, con ilustraciones de Mónica Weiss, en editorial Comunicarte, colección “Veinte escalones”.

Comunicarte es una editorial cordobesa con un catálogo buenísimo. Cada año en la feria cuando paso por el stand de ellos siempre me llevo tres libros mínimo. Esta colección en particular tiene, solo por dar ejemplos, varios libros notables de Sandra Comino (incluyendo “La casita azul”), “Margarana” de Cristian Palacios, libros de Wapner, Pérez Sabbi, Chávez Castañeda, Eduardo Abel Giménez, Liza Porcelli Piussi, Vero Sukaczer, “La rama de azúcar” de Cris Ramos... Es muy buena la colección.

“Magia de Al-Muhadá” me sorprendió mucho, porque a partir del título y su juego de palabras, esperaba una plácida novela de humor optimista. Pero no, aunque la novela incluye chistes (porque el protagonista colecciona chistes malos y muy graciosos), el libro no es nada humorístico. Es tremendo. Es tierno y esperanzado por momentos, y es atrapante: la voz del protagonista (un “chico de la calle” que vende linternas en el tren) y del narrador (que funciona muy pegadito al protagonista, como su sombra) está armada con frases breves y rápidas que se van superponiendo, con palabras sencillas, con diálogos parcos y bruscos, y esa voz arma un relato tan verosímil, tan creíble, que uno “entra” enseguida, como por un tubo, lo que hace que después, a lo largo del libro, se haga muy difícil no alegrarse con las pequeñas alegrías de Juancho y descorazonarse (montón) con sus desgracias.

Juancho, desde la ventanilla del tren, ve un circo (“una carpa en medio de la nada”) y se siente atraído por esa imagen. De allí en adelante, gran parte del libro transcurre en el intento de Juancho por entrar a ese lugar. Pero el circo no es, como suele pasar en los libros infantiles, un lugar colorido y alegre, sino que está presentado más bien como el circo en “Cuando cae la noche”, la película de Patricia Rozema, o el carnaval bachtiniano: un lugar donde las leyes de la realidad se trastocan. Donde lo que es puede ser distinto.

Y eso es lo que quiere, lo que necesita más bien, Juancho. Para él es algo de vida o muerte, prácticamente. Que la realidad se doble, que cambie. Por eso se siente atraído por lo que hace el mago del circo, Rigoberto Al-Muhadá (pelado jorobado, con papada y cabezón, habla en cocoliche), que realiza transformaciones increíbles, ilusiones que parecen-son reales. Juancho quiere descubrir los mecanismos de esa magia, qué esconde la galera del mago. Pero su ingreso al mundo del circo no será sencillo. Y ninguno de los personajes adultos, ni siquiera los más buena onda, son totalmente positivos: Juancho los tiene que ir sobreviviendo más bien, como los huérfanos Baudelaire en “Una serie de eventos desafortunados” de Lemony Snicket.

El libro construye con maestría un clima muy particular, en el que sueños y realidades se entremezclan y se explora la capacidad (y las limitaciones) de los sueños para cambiar la realidad; a mí al menos me recordó al de algunas películas de David Lynch y a mis años en el sur, porque ese tren por el que va Juancho es el Roca y se menciona, como estación referente, a Claypole. Lo terrible se conjuga con lo tierno, y uno se siente a la vez atrapado y tironeado de acá para allá, como Juancho.

El final me gustó especialmente. Estoy haciendo esfuerzos por no spoilear, solo les digo que está armado con un recurso aparentemente sencillo, pero a mí me resultó sumamente impactante. No un típico final “de novela infantil”, no señor, para nada. Muy logrado.

Así que si ven por ahí “Magia de Al-Muhadá” en una librería o feria del libro, no se lo pierdan. Recomendado.


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