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Mateo y su gato rojo


Me dieron hoy ganas de recomendar este bello libro, que ya tiene unos años pero volví a comprar ayer en la feria del libro para volver a tenerlo en mi biblioteca (Gusta Libro Regala Libro, es una maldición milenaria), y que es un clásico de Ediciones del Naranjo, editado por Norma Huidobro y publicado por primera vez en 2010, en la colección Luna de Azafrán (de la que ya comenté La niña de agua, de Iris Rivera y Josefina Calvo).

Al estar protagonizado por un niño y por un ser-vivo-no-humano de un color extraño (hay gatos rojizos pero no rojos-rojos, en la realidad real) la neurona me hizo sinapsis con otro libro, El monstruo de colores, de Anna Llenas, que es boom editorial hoy en España y sobre el cual mi amigo Germán Machado escribió recién una entrada top-top en su topísimo blog “Garabatos y Ringorrangos”. El link, para los que quieran iluminarse:

https://machadolens.wordpress.com/2017/05/04/el-monstruo-de-colores-no-es-un-libro-de-emociones/

Como este bloguito es muchísimo más humilde y de entrecasa, vos y yo estamos casi en la intimidad de leernos a solas, y por eso me atrevo a decir un par de palabras sobre ese libro. Aclaro que no es nada personal contra Anna Llenas, a quien no conozco y quizás sea una excelente persona y es, se ve, una buena ilustradora.

Aquí está (al menos por ahora) un link para ver el libro:

https://www.youtube.com/watch?v=S-PTa20NNrI

Como primera cuestión: para mí, esto no es literatura. Así de sopetón suena un poco fuerte lo que digo, me doy cuenta, pero no estoy expresando (aún) un juicio de valor: hay muchísimos textos no literarios excelentes, y muchísimos libros geniales que no son literarios. ¿Cualquier cosa escrita es, de por sí, literatura? Yo opino que no. Vos opiná lo que quieras, no intento convencerte. De hecho, concedo esto: “El monstruo de colores” podría considerarse literatura; aunque en un nivel tan bajo que, de aceptarlo, habría que incluir también a las letras de reguetón, los grafittis de baño, los zócalos de noticiero televisivo…

Hay mala literatura también, por supuesto, aunque qué entra en ese conjunto es tan opinable y subjetivo como qué es la literatura buena. A mí me parecen malos los poemas de Lugones, por ejemplo, y me encanta cómo escribía (aunque no cómo pensaba) Sarmiento. Adoro “El lazarillo de Tormes” y odio “El sí de las niñas”. Me gustan las letras de Serrat y no las de Arjona. Etcétera. Pero reconozco que todas son obras literarias: hay un trabajo literario allí, una búsqueda estética con el material de las palabras (más lograda, menos lograda, nada lograda).

En El monstruo de colores no hay nada, literariamente hablando. Es otra cosa: es un “libro para...”. Un producto editorial lanzado al mercado con un objetivo expreso (“que los niños controlen sus emociones”) y un objetivo subyacente pero claro (“vender libros y muñecos solapándose en una película de Disney (en dos, mejor dicho) y en una moda pedagógica que es un revival maquillado del conductismo”).

Ahora bien: como producto editorial para niños, ese libro, que intenta disciplinar (cuasi policialmente) las emociones de los niños para que “estén ordenadas”, que aparezcan de una en una y que queden perfectamente definidas y clasificadas, me genera infinitos cuestionamientos. ¿Por qué en el libro se definen, sin dar lugar a dudas ni protestas, cuestiones que son eminentemente subjetivas, como las emociones? ¿La calma es una emoción? ¿El amor es (apenas) una emoción? ¿Rosada, para colmo? ¿Qué definición de emoción se está usando? ¿Por qué cada emoción tendría un color particular asignado? (que el rojo se asocie unívocamente con la ira o el verde con la calma me parece una simplificación espantosa del mundo). ¿Por qué la tristeza sería “dulce” y “suave”? ¿Por qué el miedo sería “cobarde”? ¿Por qué habría que separar y embotellar las emociones “para que puedan funcionar”?

Sobre esto último: reflexioná, vos que sos adulto, sobre cómo sentís. ¿Sentís cosas de a una y ordenadamente? ¡No! Por dar un ejemplo: al escuchar anteayer la decisión “2 x 1” de la Corte que permite que salgan en libertad genocidas convictos en la Argentina, yo sentí a la vez enojo, pena, odio, asco, ira, tristeza, indignación, miedo, desesperanza, inquietud, y a la vez calma (no salí, aunque lo pensé, a los tiros por la calle), y todo eso no impidió que esas emociones, y yo mismo, “funcionáramos” perfectamente. ¿Desde cuándo un ser humano siente cosas “de a una”? ¿Desde cuándo eso sería deseable? ¿Desde cuándo sería meramente posible? ¿Desde cuándo vos, padre-madre, querrías para tu hijo, como objetivo de vida, que no fuera capaz de caminar y masticar chicle al mismo tiempo?

Hay montones de excelentes obras literarias que tematizan o tocan, de alguna manera, las emociones, los miedos, la muerte, la alegría, el amor: todo lo que imagines. No subestimes a ese niño queriéndolo “pacificar” con una colección de colores y etiquetas. Es una persona también, aunque no te parezca.

Pero basta del monstruo de colores. En Mateo y su gato rojo, que es un texto literario (exquisitamente ilustrado) se generan multitud de emociones. Las palabras están elegidas con cuidado; el estilo (escueto, conciso, sencillo) está calibrado con precisión de orfebre.

Alerta spoiler: voy a contar de qué trata el libro, aunque claro, como en toda obra literaria, contar de qué trata no invalida la lectura.

Trata sobre un niño, Mateo, que recibe de regalo un cuaderno en blanco y dibuja en él un gato rojoy contento. El gato dibujado comienza, en los siguientes días, a cobrar sutilmente vida, a moverse, sin salir de las páginas en blanco; y sin embargo, pronto pierde esa felicidad inicial. Mateo se preocupa por su gato rojo, comienza a dibujarle en las páginas del cuaderno elementos para volverlo a su estado inicial de felicidad; le dibuja un plato con leche, un ovillo de lana, una pelota. Pero nada es suficiente. Entonces se le ocurre una idea: darle compañía. Y le dibuja un ratón. (En la noche, Mateo se despierta sobresaltado al imaginar que el gato podría comerse al ratón en lugar de hacerse amigo de él, pero pronto dibuja una solución). El gato y el ratón, rojos ambos, se vuelven amigos. Pero al cabo de un tiempo, en lugar de resolverse la no felicidad del gato, ambos animales rojos habían perdido sus sonrisas. Mateo pierde el sueño, se angustia buscando una solución, una respuesta. Tras mucho tiempo, comprende. En la penúltima hoja del libro, Mateo dibuja en el cuaderno una ventana y un cielo estrellado. Y el libro termina con esta frase, que espeja la del comienzo: “A la mañana siguiente, las hojas de su cuaderno volvieron a ser blanquísimas, sin líneas, y lo invitaban de nuevo a dibujar”. Es un final sorprendente e impactante, que declara al libro de lleno en el género fantástico (a lo Todorov). El gato dibujado, junto con el ratón, se fueron del cuaderno.

(Fin espoiler.)

Un lector, niño o adulto, podría sentir en este momento multitud de emociones: alegría (por la liberación de los seres imaginarios), calma o no calma (si fueran emociones), sorpresa (no esperábamos eso que sucede), tristeza (porque el gato rojo se fue y ya lo extrañamos), confusión (porque esta historia parece desafiar los límites conocidos de la realidad), etcétera, etcétera. Y posiblemente, varias cosas a la vez, porque podemos perfectamente estar a la vez vivos y muertos antes de que se abra nuestra caja, como el otro gato famoso. Y si sos adulto, podés leer también un metatexto literario, un arte poética, que habla de la responsabilidad de un creador ante su propia obra.

Aquí hay muchísimo para pensar, para sentir, para imaginar, para ver, para escuchar. A mí me recordó, por ejemplo, la famosa canción vasca “Txoria Txori” (“Pájaro pájaro”), de Mikel Laboa, cuya letra traducida del euskera dice:

Si le hubiera cortado las alas

sería mío,

no se habría escapado.

Pero así

ya no sería pájaro.

Y yo…

amaba al pájaro.

(hay un lejano posteo de mi amigo el DJ Vago sobre esta canción, si les interesa: http://diyeivago.blogspot.com.ar/2013/09/46-el-pajaro-pajaro-se-volo-volo.html )

Y a otros lectores les generará otras cosas diversas, múltiples, impredecibles: porque somos humanos, y las historias corren por nuestras venas a la par de la sangre y llenan nuestros pulmones junto al susurro del aire.

Mateo y su gato rojo es, en síntesis, una obra literaria. Te puede no gustar, obvio: sos libre, como el gato. Pero para mí al menos es clarísima su diferencia con otros textos que no lo son, aunque se declaren como tales.

Y eso es todo lo que tenía para decir hoy. Saludos. Calmados.


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