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Así en la tierra


Esta novela fue publicada este año (2018) por Comunicarte, en su colección Veinte Escalones, dirigida por Karina Fraccarolli y con ilustración de tapa de Mónica Weiss; pero es una reedición de Así en la tierra como en el cielo, publicada hace veinte años (1998) por Norma en Colombia (tras ser finalista del premio Norma en el 97) y luego por Sudamericana, aunque la verdad, yo nunca había visto esa edición por ningún lado, no sabía ni que existía. Y el título actual es mucho mejor, opino.

Así que me compré esta novela pensando que era una novedad de Sandra, y así la leí: como una nueva novela. Y tengo que decir que en un año en que ya leí muchos libros buenísimos y que me gustaron mucho, esta novela probablemente sea el libro que más me encantó. Es una gran, gran novela, que debería ya ser considerada un clásico de la literatura argentina. Yo al menos me sentí todo el tiempo como leyendo un clásico, una de esas novelas que mientras avanzás ya sabés que te acompañarán para siempre.

Se cuenta la historia de Angelina, quien ya adulta regresa a “Los Robles”, la casa de su familia en el campo (imposible, conociendo las lecturas preferidas de la autora, no pensar en “Cumbres Borrascosas” o en Thornfield, de “Jane Eyre”). Y ese regreso, convocada por la abuela anciana, la hace recordar escenas de la infancia, una infancia en una familia de inmigrantes italianos en la cual la presencia tiránica de la abuela se complementa con una omnipresencia de la muerte, pues los muertos, la religión y las creencias crean una realidad en la cual “la muerte no era la muerte”, pues los muertos son presencia viva y suelen reaparecer para hacer de las suyas:

“La muerte en la casa era un muy mal presente. Aludía al pasado y hacía temerle al futuro. La muerte estaba en fotos; fotos de los mismos muertos, cuando estaban vivos, que se convertían en diversiones por un rato, los días de lluvia, cuando nos dejaban revisar los arcones. La muerte era un juego cuando enumerábamos finados, un cuento cuando oíamos la historia de cada uno de ellos. La muerte no era la muerte para nosotros.”

Al regresar a la finca, la narradora también va recuperando la historia familiar, con la llegada de sus bisabuelos desde Génova, y debe enfrentarse, en el presente, a una misteriosa inundación que amenaza con destruir toda la herencia familiar (la tierra, el campo con el roble centenario en su centro).

En una prosa fluida pero sustanciosa (a lo Austen) y un tono que te atrapa desde la primera página, la autora va haciendo avanzar con maestría, al mismo tiempo, todas esas historias del pasado, el presente y el futuro: los primeros años de los inmigrantes, la época del terrorismo de Estado, los fantasmas familiares que van y que vienen, la corrupción política que busca tomar partido de la debacle ambiental, el amor y los amores, desilusiones, miedos y sueños declarados o callados de cada uno de los protagonistas de esa larga pero inacabada historia…

No voy a decir mucho más, para no espoilear; solo les cuento, para que se den una idea, que siguiendo mi costumbre (que a muchos escandalizará) de doblar las páginas en aquellos párrafos o frases que me gustan especialmente, terminé con esta novela toda doblada.

Un gran libro de Sandra Comino, que disfruté desde la primera página hasta la última. Háganme caso, no se lo pierdan.

Recomendado.


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