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¡Baja de esa nube!


Hoy les comento sobre este álbum publicado por Ekaré en 2018, editado por Elena Iribarren y Pablo Larraguibel, con diseño y dirección de arte de Irene Savino. Se publicó en España y Venezuela, pero supongo que en algún momento llegará por aquí también.

Lo primero que voy a decir, a sabiendas de que es un dato que a nadie (salvo a mí) le importa, es que el autor del texto me dedicó el libro (no es que me lo firmó, no: está impresa la dedicatoria con mi nombre). También está dedicado a un par de personas más, pero yo ya dejé de leer cuando vi mi nombre, jaja. Así que solo por eso, ya valdría la pena (siempre para mí, eh) comentar este libro.

Pero además, resulta que es hermoso, así que seguramente lo comentaría igual aunque no me estuviera dedicado.

El texto (que demuestra, mediante palabras como “niñata” o “deprisa”, que Germán ya es trilingüe, aprendió a escribir en español además de en uruguayo y catalán) es bello, poéticamente bello. Simple en cuanto a la estructura: escenas similares se van superponiendo para describir a esa niña protagonista que todo el tiempo “se escapa” de la realidad y está imaginando una realidad paralela en la que todo el tiempo está haciendo otras cosas: tejer con ovejas, cabalgar hipocampos, portear grandes pesos como una hormiga más, conversar con un oso… Y las voces de las personas alrededor todo el tiempo le piden (algunas amables, otras malaonda y censoras) que vuelva, que baje de esa nube en la que parece eternamente instalada.

Y ella, la protagonista pelirroja, hace caso: baja de su nube y se conecta con la realidad física que comparte con las demás personas. Es distraída, no antisocial.

Pero ese “bajar” no implica una rendición, ni una traición hacia ese mundo-nube: cuando llega la noche y se acuesta a dormir y se apaga la luz, la protagonista sube una escalera (me recordó todo este libro al también genial En el desván, de Oram y Kitamura) y al subir con ella a lo alto de la noche (¡muy linda imagen!) se reencuentra con todos sus amigos imaginados y retoma sus actividades interrumpidas por aquellos que no conocen, o no entienden, la importancia de esa doble vida arriba y debajo de la nube.

Las imágenes de Mar Azabal son preciosas, comenzando por la tapa, con esos zapatos rojos que son los que usa la protagonista a lo largo del libro. Un estilo muy europeo, digo yo: muy claro (en el blanco predominante, los toques de color, en especial el rojo, resaltan con fuerza), con líneas de lápiz (o como si fueran de lápiz), con geniales expresiones de las caras y una enorme cantidad de detalles, desde las posturas de los personajes, elementos diversos (por ejemplo, uno puede pasarse largos minutos observando los elaborados diseños de las tazas y los platos del desayuno), analogías entre lo imaginado y algunas cosas de la realidad… Tienen algo de El Bosco, las imágenes, una especie de excesiva imaginería cuasi medieval que, por supuesto, va de maravilla con el texto que acompañan y co-construyen.

En fin, y para no extenderme y bajar de una vez de mi nube de palabras: un hermoso álbum, al que vale la pena subir y allí quedarse.

¡Recomendado!


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