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El ciudadano de mis zapatos


Qué impensado éxito tuvo mi comentario sobre Jane Eyre, voy a tener que comentar más libros “para niñas, ponele”. Me lo anoto.

Entretanto, continúa la miniserie de norreseñas sobre libros huérfanos con El ciudadano de mis zapatos, que no será tan viejito como el libro previo que comenté, pero igual ya tiene más de veinte años, pues salió publicado en 1997, tras ganar en Cuba el premio Casa de las Américas.

Pero yo me demoré y lo leí recién este año, en su edición más reciente, la de Loqueleo en 2018, con la coordinación de María Fernanda Maquieira y la edición de Lucía Aguirre.

Es una muy buena novela esta de Luis Pescetti, semiautobiográfica, en primera persona, genialmente escrita. El ritmo de la prosa es muy bello, lleno de humor y de ternura también, y va alternando constantemente con diálogos cuasi teatrales, con acotaciones entre paréntesis para indicar las acciones que acompañan a las palabras dichas. Dos botones de muestra: el primer párrafo de la novela y un diálogo cualquiera de mitad del libro.

Comencé a viajar con la esperanza de no encontrarme en todas partes. Pero, inmediatamente o dos días después, siempre terminaba apareciendo yo, sin importar adónde había ido ni con quién estaba. Este es el relato que hago para ver si entiendo cómo fue que vine a parar a México, o para ver si ubico dónde quedé, porque después de tantos viajes no logré dejar de encontrarme en mis dos pies, pero me perdí completa e irremediablemente.

[...]

—Mandé unas cartas a ver si voy a dar unos cursos o a hacer algo.

—¿Adónde? (siguió con los números).

—A un par de lados (cambiando de canal).

—Contá.

—A España, Costa Rica, varios (...).

—¿Cuántas mandaste?

—Y, unas cuantas.

—... (Siguió preguntando con la vista.)

—Doscientas más o menos (cambié de canal).

—¡¿Doscientas?! ¡Eso no me lo contaste hoy!

—No quise molestarte, vieja. (...)

—(Pino todavía se reía) ¿Qué vas a hacer si te contestan todas?

—Festejar.

[...]

Santiago, el protagonista, es un veinteañero que busca hacer carrera como músico-comediante en los noventa, en mitad de una tremenda crisis del país (nada que ver con ahora, obvio), y en el capítulo dos se le muere el padre, y esa muerte le pega duro, lo deja turulato y, sin embargo, sigue viviendo, sigue enamorándose de casi cualquier piba linda que ve, sigue cantando canciones divertidas para ganarse un peso en Villa Gesell y enviando cartas a ver si en algún otro país le dan laburo, sigue compartiendo momentos con sus amigos y lo que queda de su familia...

Ese seguir-sin-seguir, avanzar sin rumbo, estar sin encontrarse, tiene mucho que ver con la muerte del padre, por supuesto: algo que nunca se resuelve, porque no tiene solución, pero con lo que se aprende muy poco a poco a vivir, porque no hay otra cosa que se pueda hacer. Una historia de vivir y sobrevivir, como, por un decir, El lazarillo de Tormes; y una historia de viajes, a Villa Gesell, a un nuevo amor, a otro nuevo amor, a Cuba, a cualquier parte.

En fin: una historia que vale muy la pena leer.

Recomendada.


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