Buscar

¡A trabajar!

Este álbum de Los Pelagatos fue publicado en 2002 por el Fondo de Cultura Económica, en México. Es un libro muy fácil de reconocer, simplemente porque es enorme: 32 cm de ancho y casi medio metro de alto, ningún estante le da cobijo.


El libro fue publicado originalmente en francés (Au boulot!) y la traducción, que mantiene las rimas y la gracia del texto, me pareció muy buena, con una sola excepción: la dupla autoral (Christian Olivier, cantautor y artista plástico, y Lionel Le Néouanic, autor e ilustrador) se hace llamar Les Chats Pelés, y claramente no es lo mismo un gato pelado que un pelagatos. Al título hubiera sido mejor traducirlo “¡A laburar!”, pero entiendo que como fue publicado en México con la intención de que llegara a todo el continente, ningún término coloquial local les cerraba.


Cada imagen de este libro es una obra plástica compleja y bella, un collage inesperado y sorprendente que incluye objetos (el martillo de la tapa, por ejemplo, es un objeto real en 3d), texturas y palabras; esas páginas van armando, mediante la sucesión de montones de personajes animales, un pantallazo divertido, bizarro pero a la vez bastante completo de esa temática tan humana, diversa y compleja, el trabajo.


La literatura “para niños” es campo propicio para que florezcan las formas más políticamente correctas y mediocres de lo (apenas) literario. Uno esperaría, de un libro que se titula “¡A trabajar!” y que muestra en la tapa a un rinoceronte que se ríe y alza los brazos mientras sostiene herramientas en las manos, que este libro sería un canto a las bondades de trabajar y a lo genial que es eso, onda como para entusiasmar a les niñes acerca de su futuro laboral, sea cual fuere. Pero no, nada que ver. Incluso en esa primera imagen, la de tapa, si uno se fija con atención, la mirada del rinoceronte no es de alegría, sino más bien de pasmo.


Y en la retiración de tapa, en la primera imagen que nos presenta la obra, vemos a una oruga tirada en el piso, cantando y tocando el acordeón mientras mendiga “a la gorra”, y junto al sombrero hay un cartel que dice “¡Tengo hambre!”.


La primera doble nos muestra a unos gatos (no muy pelados, pero probablemente pelagatos) que firman un contrato ante un patrón cocodrilo (que aparecerá presentado a pleno en la imagen siguiente). La letra grande del contrato dice: “Le cedo todo a mi patrón”. Y abajo de la firma, en letra muy muy chica y con el texto dado vuelta, están los créditos del libro (una forma muy original y genial de integrar esa información al texto general de la obra).












A partir de allí, van apareciendo los diferentes personajes: el cocodrilo Nicanor, embaucador y traficante de oficios; el pez Nicolás, que dejó la agricultura para dedicarse a la más provechosa cosecha de nubes; una vaca chismosa profesional; una pulpa acumuladora de trabajos; un inescrupuloso zorro asesor-contador que esquilma a sus clientes; un león que se quedó sin trabajo porque se comió al patrón; el misterioso (y peligroso) barredor de sombras; una lombriz que cayó enferma y descubre que su seguro no la asegura nada; dos ratones que tapan los agujeros de la memoria, un caracol jubilado, un burro que asigna trabajos en un Burró de Empleos... Y muchos, mucho exóticos trabajos y erráticos trabajadores que los realizan.












En las páginas centrales se desarrolla un breve pero importante episodio: los trabajadores van a huelga, protestando por las malas condiciones laborales y contra Nicanor, quien promovió, para su beneficio personal, esos trabajos mugrosos (así los llama una pancarta, sostenida por el mismo rinoceronte con herramientas, que ahora no se ríe, sino que está realmente furioso).



Cuando termina el despliegue de trabajos extraños (una rana cocinera de asquerosidades, una colibrí escandalera, un chancho sacamocos...) el día termina con la aparición de una enorme ballena, cuyo trabajo es tapar el sol e iluminar la noche con su ojo-Luna.

Pero aún queda una imagen más: el cocodrilo Nicanor se retira, lastimado, con dientes rotos, ojo morado una pata enyesada, mientras se lamenta: “¡Lo he dado todo!” (es decir, la típica queja de alguien que se quedó sin su trabajo, y a pesar de que no era trigo limpio, ese cocodrilo, uno hasta se enternece un poco con sus lágrimas desocupadas). Y algo extra, un pajarito del lado derecho que pía “El trabajo es salud”, aunque claro, después de haber leído este libro, está claro que eso es solo una cancioncita irónica y nada más.


En fin: este es un libro que ya nunca fue muy fácil de conseguir, pero muy disfrutable, que vale la pena leer y releer, te da trabajo masticar y te deja siempre algo en qué pensar. Si por casualidad lo llegan a ver en alguna librería (y tienen laburo y, consecuentemente, al menos algo de dinero), cómprenlo. O háganselo regalar, de última: estamos en la época apropiada. Si los reyes les dejan un regalo plano, rectangular y gigantesco, quizás tuvieron suerte.


Recomendado.

28 vistas