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El pueblo (Faulkner-10)

The Town es la segunda novela de la trilogía de los Snopes, fue publicada en 1957, es decir diecisiete años después de The Hamlet, su antecesora. Comparado con aquel primer libro, este es más entretenido, mejor estructurado y con los personajes mejor armados (en resumen: es mejor). Aunque Flem Snopes sigue siendo el gran protagonista de la saga, aquí toman protagonismo tres personajes esenciales en la obra de Faulkner: el abogado Gavin Stevens, su sobrino Charles Mallison y su amigo, el vendedor de máquinas de coser V.K. Ratliff.


A jugar con Faulkner

Cuando Gavin Stevens conspira para que Linda, la hija adolescente de Flem Snopes, pueda salir del pueblo e ir a estudiar a la universidad, Eula, la madre de Linda, le pide que haga algo. ¿Qué imaginan que le pide a Gavin?

a. Que deje en paz a su hija.

b. Que se case con ella.

c. Que secuestre a Linda y la suelte dentro de la universidad de Chicago.

d. Que la inscriba en la escuela para negros en las afueras de Jefferson.


La estructura

La forma en que se armó este libro no tiene nada que ver con cómo está estruturada la novela anterior de la trilogía. Aquí, la novela está formada por 24 capítulos, cada uno titulado con el nombre de quien narra (es decir, una estructura bastante parecida a la de Mientras agonizo, pero con menos narradores). Los narradores son tres, y se van alternando: Gavin Stevens (el abogado a quien vimos aparecer en Réquiem por una hermana), Charles Mallison (su sobrino adolescente) y V.K. Ratliff, gran amigo de Gavin, chismoso y resentido contra Flem Snopes (por el “temita” que se detalló en el libro final de El caserío).


Esta estructura de narradores alternados le da mucho ritmo a la novela, que es bastante larga, y permite que nos “metamos” más en sus problemáticas y nos identifiquemos con ellos mucho más que en The Hamlet.


El título

The Town se tradujo como La ciudad, y me sorprende cómo un título tan simple y fácil se pudo traducir tan mal. Digo, Faulkner no tituló “The City” a su novela. Y si bien Jefferson es, técnicamente, una ciudad (la capital del condado de Yoknapatawpha) lo es como era ciudad Claypole, cuando yo era chico y vivía allí: un lugar que tiene título de ciudad (y al que se puede llamar “ciudad” cuando hace falta) pero que es en realidad un pueblo, y ni siquiera un pueblo grande (tiene menos de diez mil habitantes, y menos de cuatro mil de ellos son blancos (que son las únicas personas que en realidad cuentan, allá en el Sur en esa época). Una verdadera ciudad, en el universo de Faulkner, es Memphis, o New Orleans: no Jefferson. Por eso, en mi opinión la única traducción correcta y aceptable de The Town es la obvia y literal: El pueblo.

Norreseña

En El caserío asistimos al ascenso de Flem Snopes desde ser un don nadie hasta ser quien cortaba el bacalao en el suburbio rural de Frenchman´s Bend; ahora vemos su llegada al pueblo de Jefferson, ya con una familia completa, una esposa (Eula) y una hija (Linda) por las que no profesa ningún tipo de sentimiento, pues lo único que le interesa en el mundo es el dinero (no ganarlo, claro, sino llegar a una posición en la cual él sea automáticamente su dueño). Es difícil de entender (muchos no lo entienden incluso luego de leer la trilogía), pero la motivación de Flem nunca es celos, ni venganza, ni envidia, ni amor, ni deseo sexual, ni siquiera ambición: es solo codicia en estado puro (tan puro que es casi un sentimiento religioso). Y Flem trae consigo, poco a poco, una parva de parientes, unos white trash oscuros y patéticos, “los snopeses”, como los bautizan Ratliff y Gavin Stevens, que van ocupando cada vez más lugares en el pueblo mientras Flem consigue trabajo como superintendente de electricidad, y luego de allí sigue avanzando (en forma sinuosa pero constante) hasta volverse banquero y más. El libro incluye escenas y personajes realmente divertidos y humorísticos, pero en su conjunto no es, para nada, una novela de humor (lean la curiosidad que pongo abajo). Stevens y Ratliff odian a Flem Snopes y ven el avance de los snopeses como una enfermedad del pueblo, como una tragedia: sin embargo, no pueden hacer nada para evitarlo. Ni siquiera pueden entender qué es lo que hace Flem, el verdadero porqué de sus acciones, hasta que es demasiado tarde, pues se enfrentan ya con las consecuencias de aquellas acciones aparentemente incomprensibles. Y eso también sucede con nosotros, los lectores: no tenemos la menor idea de lo que está haciendo Flem y de por qué, y cuando al fin lo sabemos, nos resulta totalmente inesperado y sorprendente, como en un policial en el que no descubrimos quién es el asesino hasta que el detective nos lo cuenta.


Pero si bien Flem sigue siendo el eje de la saga, aquí los personajes que lo rodean adquieren protagonismo: Eula se vuelve un personaje más interesante aún que en El caserío, y su hija Linda Snopes, de diecisiete, también se vuelve un personaje genial. Y, por supuesto, los tres narradores, Charles Mallison, el sobrino adolescente de Gavin; Ratliff, el astuto chismoso amigo de Gavin, y el mismo Gavin, que pasa a ser casi un protagonista principal, a partir de su odio a Flem, su amor imposible por Eula y la relación (quizás paternal, pero a la vez confusa y “sospechosa”) que entabla con Linda, la hija adolescente de Eula.


En fin: un gran libro de Faulkner. Aquí la trilogía de Snopes va tomando color y ritmo, y se metamorfosea ante nuestros ojos de comedia a tragedia casi sin que nos demos cuenta; quien llegue a leer este segundo libro sin dudas seguirá leyendo el tercero, que comentaré a continuación y que es, además, el mejor de los tres.


Una curiosidad

Faulkner, como ya se dijo, publicó este libro en 1957, muchos años después del primer libro de la trilogía (que es de 1940). Pero ya desde los años 20 que estuvo escribiendo cuentos sueltos y reuniendo materiales acerca de los Snopes, con la idea de escribir una novela sobre ellos (hay partes de The Town que fueron publicadas como cuentos sueltos 25 años atrás, como “Centauro de bronce” y “Mula en el patio”). Es decir que esta historia acompañó a Faulkner a lo largo de toda su vida. Cuando escribió The Town, se sorprendió a él mismo al darse cuenta de que esa historia había mutado, le había salido bien diferente de como él mismo pensaba que iba a quedar. En una carta a su amiga Jean Stein, contó cómo lo afectó el proceso de escritura:

Estoy terminando el libro. Me rompe el corazón. Escribí una escena y casi me pongo a llorar. Pensé que sería nada más que un libro divertido, pero estaba equivocado.”


Un fragmento

Nunca jamás sería un Snopes: él mismo y su esposa y su hijo vivían en la tienda detrás del restaurante y Eck cumplía su turno con el delantal grasiento y el arnés de cuero y metal alrededor del cuello (detrás del mostrador, mientras freía en la plancha llena de costras los huevos y la carne que, a causa del agarre fijo, no podía siquiera ver para calibrar el punto y cocinaba, al igual que toca el pianista ciego, a puro oído), con menos trabajo aún que en el aserradero, pues en el aserradero lo único que podía hacer era quebrar sus propios huesos, mientras que allí era una amenaza para toda la extendida tradición familiar de rapacidad lenta e invencible, solo por aquella increíble e inocente presunción de que todo el mundo ejerce el valor y la honestidad por la sencilla razón de que si no lo hicieran todos estarían asustados y confundidos; así que un día dijo, ni siquiera en privado sino en voz bien alta para que lo oyeran una docena de extraños ni siquiera emparentados por matrimonio con los snopeses: “¿No se supone que tendríamos que poner carne en esas hamburguesas? No tengo idea de qué tienen, pero seguro que carne no es”.

Así que por supuesto ellos —cuando digo “ellos” me refiero a los snopeses; cuando uno dice “snopeses” en Jefferson eso quiere decir Flem Snopes— lo echaron.

(en el capítulo 2)


Respuestas de “A jugar con Faulkner”:

Respuesta b. “—Entonces, ¿dices que ella se quedará con esto... —con él—, que no preferirá otra cosa antes que nada? ¿Que tirará por la borda la oportunidad de estudiar y todo lo demás? No te creo.

—Para ella, esto no es nada. Lo preferirá antes que un montón de otras cosas. Antes que la mayoría de las cosas.

—¡No te creo! —dije, grité, o pensé que lo hice. Pero en realidad solo lo pensé, hasta que dije:

—Entonces no puedo hacer nada.

—Sí —contestó. Y luego se me quedó mirando, con el cigarrillo inmóvil que ni siquiera parecía arder—. Cásate con ella.

—¿Qué? ¿Un hombre canoso que tiene más del doble de edad que ella? ¿No ves que solo busco liberarla de Jefferson? No atarla a algo más, a algo más lejano, a algo peor, sino hacerla libre. Y tú me hablas de la realidad de los hechos.

—El matrimonio es el único hecho. El resto son sueños románticos de poeta. Cásate con ella. Te aceptará. Ahora mismo, en mitad de todo este caos, no sabrá cómo decirte no. Cásate con ella.”



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