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La saga del rey Arturo

Comienzo aquí un breve recorrido por algunas sagas in-LIJ, es decir, no pensadas como literatura infantil-juvenil ni (por lo general) leídas por jóvenes. Sobra decir que no seré exhaustivo y sí arbitrario, pues elegiré solo algunas entre las sagas que me gustan a mí, sin pretender que son las mejores ni las más importantes ni nada por el estilo.


Y por empezar, empiezo por la más antigua y extensa de las sagas que comentaré: las novelas de literatura artúrica (iba a titular así el posteo pero me iba a dar un soponcio de cacofonía), alias la Vulgata artúrica, alias el ciclo de Bretaña, alias el Lancelot-Grial y varios alias más, y extiendo el alcance de la saga a las novelas de caballería (que fueron furor en España durante casi dos siglos). Estoy hablando de un montón de libros muy antiguos (escritos entre 800 y 500 años atrás) y compuestos por un montón de autores distintos y en países diferentes.



Tan bien armada estuvo la saga, y tan prolífico fue su desarrollo hasta nuestros días, que aún hoy conocemos la historia incluso si jamás leímos ninguno de estos libros. No solo se hicieron pilas de películas y series versionando la historia base (solo por dar un ejemplo entre cientos, “Lancelot, primer caballero”, con Sean Connery como el rey Arturo, Julia Ormond como la reina Ginebra y Richard Gere como Lancelot), sino que hay montones de obras literarias inspiradas en ella (como la saga de la Torre Oscura de Stephen King y la de El señor de los Anillos de Tolkien, entre muchas otras); y diría más: hay infinidad de películas, series y libros que le deben todo a las novelas de caballería aun si sus propios autores no estuvieran conscientes de ello, como las pelis de “Rápido y furioso”, las de Karate Kid o las de Indiana Jones, las series bélicas o de fantasy o de apocalipsis (GOT, TWD, OA, las siglas que se te ocurran) y cualquier otra que se base en una idealización de la violencia (“matemos a los malos y después festejemos”), en conquistar el amor (de una mujer, preferentemente) mediante la realización de una serie de pruebas, en superponer peripecias alocadas sin mucho verosímil que las justifique, en superar obstáculos (como niveles de un videojuego) hasta llegar, siempre cumpliendo reglas estrictas, a un objetivo final (un Boss que debe ser vencido, o un reencuentro postergado)... Todo comenzó con La Ilíada y La Odisea, sí, pero en la Edad Media estos libros subieron la vara y armaron toda una cultura poderosa a partir de esos elementos, entretejiendo historias unas con otras hasta formar la tela con la que Occidente todavía se viste.


La historia base es la del rey Arturo, “el rey bueno”, que con la ayuda del mago Merlín arma en su reino, Camelot, una utopía social y política. Reúne a los mejores caballeros (guerreros nobles que no necesitan trabajar, pues son ricos) alrededor de una mesa redonda y los manda a la mayor aventura, a una verdadera misión imposible: obtener el Santo Grial, la copa que Jesús usó en la Última Cena y tiene, se cree, poderes mágicos. Pero la utopía fracasa en virtud de los errores (la hybris, esta idea es griega) de ellos mismos, los mejores: Arturo engendra (engañado) un hijo con su propia hermana Morgana, Lancelot (el mejor y más noble de los caballeros andantes) mantiene un pecaminoso amorío con la mismísima esposa de Arturo, y todo empieza bien, va bien y avanza bien, pero se desbarranca en forma irremediable y termina muy mal.


Los mejores (en mi opinión) libros de esta amplia saga son también los primeros, los de Chrétien de Troyes, quizás el primer novelista de la historia occidental, estamos hablando del siglo XII. Fue él quien juntó las leyendas bretonas sobre el rey Arturo con la temática cristiana y agregó elementos sobrenaturales, romance (incluyendo, cómo no, la sexualidad y hasta unos pocos elementos eróticos), y les dio a los caballeros de la Mesa Redonda su razón de ser, su objetivo común, el Grial. Lancelot o el caballero de la carreta, Yvain o el caballero del león, Perceval o el cuento del Grial. Son buenísimos, esos libros. Re bien escritos. Los lectores actuales tenemos, muchas veces, el prejuicio de que los textos antiguos son aburridos, lentos y difíciles: quien lea libros de caballería dejará de pensarlo. Son historias llenas de acción, sin pausas, con pocas explicaciones y mucha fantasía, y por más que te des cuenta de que no es muy creíble lo que se está contando, igual ya estás enganchado y tenés que seguir para ver cómo termina este quilombo.


Otros autores, luego de Chrétien, fueron completando, ampliando o diversificando la historia, con libros como Guillermo de Inglaterra (a veces atribuido también a Troyes), Tristán e Isolda, La búsqueda del Santo Grial, La historia de Merlín, La muerte del rey Arturo. Y luego siguieron otras muchas sagas con spin-offs que contaban las aventuras de un caballero en particular, como Amadís de Gaula, Tirant el Blanco y tantos otros; las novelas góticas, como El castillo de Otranto de Horace Walpole, exploraron el lado más oscuro y fantasioso de estas novelas.


Uno entiende sin problemas cómo estos libros de caballería eran furor, en la Edad Media: fue el primer género que tuvo best-sellers y fans incondicionales. Hoy hay que buscarlos, sí, pero muchos de estos libros pueden conseguirse aún (Ciruela publicó varios, Alianza sacó años atrás una muy buena Biblioteca Artúrica de la que muestro en la foto de arriba algunos títulos). Y disfrutarse: probablemente nadie salga a correr para leer estos libros tras leer esto, pero si alguien lo hiciera, me atrevo a decir que no se arrepentiría.


Y como bonus track, si quieren y tienen tiempo y ganas, después se puede encarar el Don Quijote (el de Cervantes, por favor, el entero), que es una parodia genial (no solo en la trama, sino en la estructura del libro, armado con “salidas” y episodios insertos unos en otros como las novelas de caballería) y que se disfruta más aún si conocemos qué es lo que se está parodiando.


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