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Los mocos de la furia

Este cuento de Liliana Bodoc ilustrado por María Wernicke fue publicado recién (marzo de 2024) por Siglo XXI, con edición de Laura Leibiker. El diseño es de Olifant - Valeria Miguel Villar.



Con la dirección editorial de Laura Leibiker, Siglo XXI está comenzando a editar LIJ, una iniciativa muy bienvenida. ¿Este libro es LIJ, entonces? Bueno, podría serlo. Con eso es suficiente, para la LIJ y para mí también. Pero claro, este libro puede ser disfrutado también por personas adultas sin ningún inconveniente. Doy fe.


Este texto fue tomado de la conferencia con la que Liliana inauguró el FILBA (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires) en 2017 (poco antes de su aún sorpresiva muerte, que nos duele todavía, en febrero de 2018).


Es un texto muy de Liliana, este, y quienes la escuchamos alguna vez haremos bien en oírlo mentalmente con su voz: es un elogio de la furia, de la desobediencia y la rebeldía, de la insatisfacción con cómo son las cosas, de la impugnación de este mundo gobernado por ricos y poderosos.


Se cuenta una anécdota infantil, en primera persona. Si esta historia le ocurrió de verdad o no a la Liliana niña de nueve años que protagoniza el texto no tiene, diría, ninguna importancia (yo preferiría, de hecho, que no le hubiera ocurrido sino que se le hubiera ocurrido, que esta historia tan creíble y verdadera fuera inventada, porque demostraría una vez más el poder de una buena ficción, ese “mentir para decir la verdad” en que Liliana creía con firmeza). El padre viudo que trabaja en una cementera invita a cenar a su jefe, el director de la empresa. La familia es pobre y tiene deudas, y la abuela es quien cocina la cena (aprovechando hasta el último suspiro los limitados recursos de que dispone), incluyendo el plato final, una crema de vainilla con canela, un postre humilde preparado con esmero.


A la mesa se sientan, entonces, los cuatro: la niña, el padre, la abuela y el invitado importante.

Al llegar al final de la cena, el jefe aparta con desprecio la compotera con el postre, que ni siquiera prueba, y tras encender y fumar un cigarrillo, lo apaga ostentosamente y con absoluto desprecio en mitad de la crema.


[Digresión: esta escena me recordó una de Inglorious Basterds, la peli de Tarantino. No me gustó la peli, en líneas generales, pero tiene un par de escenas notables, como esa en la que el teniente nazi entrevista a la joven dueña de un cine (sospechando que es judía) y, tras obligarla a probar el postre con crema no kosher, apaga el cigarrillo en mitad de la crema, con un gesto silencioso, pero despreciativo y violento].


La humillación silenciosa de toda la familia, y particularmente de la abuela, da pie a un estallido de furia incontenible por parte de la niña con gritos, llanto, chillidos, pataleo, hipo y mocos.


[Otra digresión: lo único que no me gustó de este libro es el título. Es el título que tenía la conferencia de Liliana de 2017 en el FILBA, sí, pero lo que es un buen título para una conferencia puede no serlo para un libro. Los mocos de la furia pone a mocos como el centro, como el sustantivo principal; pero la historia es sobre la furia, no sobre los mocos, que no tienen ninguna importancia per se en el relato; hubiera preferido que la palabra furia, sola o acompañada por otras, fuera el núcleo del título (en la tapa, furia está en tamaño mucho más grande). Creo que Liliana hubiera cambiado (o aceptado cambiar) el título, de haber podido, y por eso este título es, para mí, un recordatorio más de su ausencia, de ese Liliana No Está que nos impide, por cariño y respeto, cambiar hoy las palabras que ella dijo o escribió años atrás].


Esa furia primera, incontenible y justa es recordada cincuenta años después por una mujer madura; pero no es desechada ni excusada, sino reivindicada y comprendida, y el texto se cierra con unas palabras dirigidas, a través de un océano de tiempo y distancia, a él, al jefe que apagó su cigarrillo en la crema de vainilla.


Las ilustraciones de María son espectaculares, y complementan el texto de forma hermosa, poniendo el foco en detalles y momentos, narrando escenas en forma casi cinematográfica por momentos, en otras deteniéndose en personales y elementos describiéndolos como en pinturas. Desde la tapa en rojo y negro, con el gesto de la niña de agarrarse el borde del vestido como primer indicio de furia naciente, esa niña aparece siempre destacada con un tono rojo (oscuro, quebrado) en escenas cuadradas en blanco y negro en las cuales solo aparece, aquí y allá, algún otro elemento rojo (las líneas del mantel, el fuego de la chimenea y del cigarrillo). Pero cuando la furia llega, una imagen pequeña en el centro de la página empieza a mostrar un fondo completamente rojo, que dura la escena entera y solo se retira cuando la narradora vuelve a ser adulta (pero se mantiene presente en el fuego y en ella misma).



En un bello gesto de la edición, las palabras finales, esas que la narradora le dedica al jefe, no están acompañadas por ninguna imagen, pero están escritas en color rojo. Y el libro se cierra con un epílogo de Galo Bodoc, hijo de Liliana, que habla sobre el libro, sobre el pensamiento de Lili, y retoma parte del discurso que dio aquella vez en el FILBA acompañando a este cuento.


En fin: un libro hermoso, bello y profundo, que vale la pena buscar y leer, para intentar al menos comprender y abrazar nuestra furia ante este mundo que, la verdad sea dicha, no nos ayuda mucho a estar serenos. Recomendado. Así que léanlo, no me hagan enojar, les pido.

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Aldao

2 comentarios


Laura Leibiker
Laura Leibiker
18 abr

Gracias, Seba, por tu no-reseña. Me alegra mucho que te haya gustado el libro y su edición: siempre es difícil trabajar con un autor ausente porque hay ciertas decisiones que una toma suponiendo (y sin saber). Coincido en que el trabajo de María Wernicke es formidable, formidable. Su juego con el color es soñado. Y claro, es un libro para chicos y grandes porque es oportuno. Aunque Lili haya dicho estas palabras en 2018, algo de la furia que nos habita en estos tiempos lo hace increíblemente actual. A mí, al menos, me ayudó a distinguir entre las dos caras de la furia que me habita y a tratar de elegir siempre la mejor: la que se opone a la…

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Marisa Perez
Marisa Perez
18 abr

Siempre doliente la ausencia de Liliana, ella, la que no nos pasó desapercibida, la que nos obligó a ser y mostrar nuestras diferencias en los momentos adecuados. A mí tampoco me gusta la palabra moco, pero creo que es parte de su forma desafiante de decir lo que nadie más se atreve. ¡Gracias por esta no-reseña!

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