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También las estatuas tienen miedo

Esta novela de Andrea Ferrari fue publicada en 2006 por Alfaguara, pero se reeditó más recientemente con el sello Loqueleo, bajo la dirección literaria de María Fernanda Maquieira. Las ilustraciones son de Pablo Bernasconi. El libro está recomendado para niñes de 12 años en adelante (lo que me incluye, claro).


(Empiezo aquí, solo porque me coincidió que leí varios últimamente, una pequeña serie de comentarios sobre libros en los que el trabajo tiene un rol central. La titularé, ya que soy titulador ad honorem, “El trabajo (no) es salud”.)


Andrea está en el grupo de mis autoras juveniles favoritas; tiene muchos y muy buenos libros, algunos norreseñé en algún momento. Por dar unos pocos ejemplos nomás: La noche del polizón, Los chimpancés miran a los ojos, Zoom, la saga policial Sol de Noche, Quizás en el tren (escrito a dúo con otro grande, Martín Blasco).


Aquí leemos la historia, narrada en primera persona, de Florencia, una chica de doce años que, vistos los problemas económicos de su familia (compuesta por su madre Mimí, con quien Florencia vive, su hermano bebé Nacho y la sombra de su padre separado-escapado-ausente), decide comenzar a trabajar. Florencia evalúa posibilidades (haciendo listas, algo que se multiplica a lo largo del libro) y pronto descubre la solución ideal: ya que no es buena haciendo nada (o mejor dicho, sí es buena haciendo nada) y nadie la considera ni la ve ni le presta atención... ¿por qué no aprovechar esas ventajas comparativas que posee y trabajar como estatua viviente?


Florencia comienza entonces una investigación (la autora debió hacer lo mismo para documentarse y escribir esta novela) que la lleva a descubrir al Rey (un tipo que trabaja de estatua disfrazado de rey) y encararlo para pedirle que le enseñe a ser estatua. Tarda bastante en lograrlo, porque una de las principales características de las estatuas vivientes (la regla número 1, de hecho) es que no reaccionan ante su público. Pero al fin el Rey accede a enseñarle y pronto, incluso, decide ser su tutor y compañero: la invita a hacer de estatua juntos.


Así Florencia comienza a ser Princesa estatua, junto al Rey estatua, e inicia una intensa, curiosa, bastante exitosa vida laboral (es consciente de que los niños no deben trabajar, pero se las arregla para esquivar, inmóvil pero hábil, los cuestionamientos propios y ajenos al respecto) y eso, además de permitirle ganar algo de dinero, increíblemente hace que se vuelva visible para su familia (incluso para su padre huido), sus docentes y sus compañeros, en particular la odiosa y arpía Claudina y el lindo pero distante Daniel, de quien Florencia gusta.


La novela está genialmente escrita, lleva al lector de acá para allá y sin que te des cuenta; en un rato de estar quieto leyendo, ya la terminaste. Tiene ternura y profundidad, y uno se encariña muy fácil con esos personajes, en particular la narradora, tan preocupada por crecer lo antes posible y a la vez, claro, temerosa de los cambios y los riesgos que eso implica... pero, como pronto descubre, está bien asustarse un poco, porque las estatuas también tienen miedo.


No le la pierdan. Recomendada.

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