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El gesto malentendido

  • vargassebastianh
  • 25 jul
  • 11 Min. de lectura

[Buenos Aires, Feria del Libro Infantil 2025, jornadas para docentes y mediadores. Ponencia en la mesa sobre géneros literarios en la LIJ, coordinada por Maju Druille e integrada por Iris Rivera (habló de poesía y nos convidó a leer y cantar), Diego Javier Rojas (habló de narrativa infantil y sobre la lectura en voz alta), Rodrigo Ures (habló sobre las muchas formas del teatro para las infancias) y yo. El evento se realizó en el Salón de Honor del ex Correo Central ex CCK, ahora llamado Palacio Libertad.]

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Puesto en la consigna de hablar sobre el género de la narrativa juvenil, automáticamente la pensé como un territorio. Un género como una tela, una bandera amplia que funciona a la vez como mapa y como idea. Una tela como una intención de crear un ropaje (bastante invisible), como un gesto de acercamiento a un lector del que sabemos bastante menos de lo que creemos saber.

 

Y las palabras territorio y gesto me llevaron a una historia. Me pasa mucho. En este caso, me llevaron a un cuento preciso, una historia antigua y genial, que probablemente ustedes también conozcan pero que igual les voy a contar ahora, porque es muy cortita y porque me va a levantar el nivel de la ponencia. Es un cuento de Las mil y una noches, y a veces se lo conoce con el título de “El gesto de la muerte” (así lo llamaba Jean Cocteau). Y dice así:

 

Un joven jardinero en la ciudad de Damasco le dice a su príncipe:

—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana y me hizo un gesto de amenaza. Esta noche quisiera estar lo más lejos posible de aquí, en Samarcanda.

El bondadoso príncipe le presta su mejor caballo, el único capaz de recorrer tan larga distancia en una sola jornada: y ahí escapa el jardinero, a todo galope.

Por la tarde, el príncipe ve pasar casualmente a la Muerte por la calle y le pregunta:

—¿Por qué le hiciste a mi jardinero un gesto amenazante?

—No fue un gesto de amenaza —le responde la Muerte—, sino de sorpresa. Me sorprendió verlo por la mañana en Damasco, cuando debo encontrarme con él en Samarcanda esta misma noche.

 

Fin. Es una paradoja sobre lo inevitable del destino (el jardinero quiere escaparse de él pero va a su encuentro). Es un cuento sobre un gesto, también, y sobre un territorio (que se atraviesa, que se acerca); pero en realidad es, sobre todo, la historia de un malentendido: un gesto malentendido que nos lleva a otro territorio.

 

Y eso me viene bien, porque me permite hablar de otro malentendido, del gesto malentendido de quienes escribimos literatura “para niños” o “para jóvenes” (cada vez que diga “para niños” o “para jóvenes”, por favor, tienen que escuchar esos términos entre comillas, como le gusta a Iris Rivera, y también a mí).

 

El malentendido es este: que la cercanía de lo que escribimos con los lectores niños y jóvenes se lee como la esencia de la LIJ, cuando es apenas un gesto que esconde lo principal. ¿Y qué es lo principal? Que lo que escribimos es literatura. Que hay arte de las palabras, que hay un relato capaz de construir una emoción, algún tipo de respuesta emotiva en otro ser humano. Que es un texto que vive en la frontera indómita de la que habla Graciela Montes, es decir, en un territorio donde ni los zorros ni los príncipes son domesticados por los predecibles rituales de la amistad y una palabra fuera de lugar te arrancará una carcajada aunque sea a punta de pistola.

 

Ese malentendido hace que la literatura juvenil y la LIJ entera, aún hoy, sea despreciada como un subproducto literario, como un género (como si fuera el policial o la ciencia ficción) cuando de ninguna manera lo es (porque, por ejemplo, hay policial LIJ y ciencia ficción LIJ, poesía, teatro, narrativa corta y larga y muy corta y muy muy larga y hay romance y terror y ficción histórica y lo que se les ocurra, la LIJ abarca todos los géneros). Como si fuera una hermana pequeña de la literatura de verdad. Un suburbio de la literatura.

 

Por suerte, hubo y hay (y habrá, como expresión de deseo) ejemplos, muchos y notables, de lo que es capaz un libro de LIJ.

 

Voy a dar uno, solo uno. Podría haber tomado libros de mis compañeros de esta mesa o, circunscribiéndome a lo considerado “juvenil”, de muchos grandes autores de nuestro país, como Sandra Siemens (Lucía no tardes, Cocodrilo con flor rosa), Mariana Furiasse (Constelación de nado, Ramona revelada, Rafaela), Martín Blasco (La oscuridad de los colores, En la línea recta), Franco Vaccarini (Otra forma de vida, La zarza ardiente), Ángeles Durini (Playa de almas), Victoria Bayona (De este lado del mundo), Fabián Sevilla (Los zombis también comen corazones), Laura Escudero (Encuentro con Flo), Andrea Ferrari (También las estatuas tienen miedo, La noche del polizón), Paula Bombara (La desobediente, La chica pájaro), Verónica Sukaczer (Siempre nos estamos yendo, Los nombres prestados), Mario Méndez (El que no salta es un holandés, Zimmers), Lydia Carreras (El torno, El atajo), Ezequiel Dellutri (Tres son multitud, Koi), Inés Garland (Piedra, papel o tijera), Liliana Bodoc (la Saga de los Confines), Verónica García Ontiveros (No es sangre lo que corre por mis venas), Florencia Serpentini (Las cosas por su nombre, La orfandad de los muertos), Márgara Averbach (Desde el rincón, El año de la vaca), Virginia Beccaría Canelo (Canción de molino y noche), Diego Muzzio (El año del corredor solitario)… y tantos otros: paro acá, porque podría estar todo mi tiempo disponible haciendo esto.

 

Pero voy a tomar como ejemplo uno de Sandra Comino, una autora que adoro. Es Así en la tierra, reedición de 2018, en editorial Comunicarte, de un libro publicado originalmente veinte años atrás. Con lo cual alguien podría pensar que es un libro viejo, pero eso se dice de los libros malos; de este, es más certero decir: es un clásico.

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Se cuenta la historia de Angelina, quien ya adulta regresa a Los Robles, la casa de su familia en el campo (imposible, conociendo las lecturas preferidas de la autora, no pensar en Cumbres Borrascosas o en Thornfield, de Jane Eyre). Y ese regreso, convocada por la abuela anciana, la hace recordar escenas de la infancia, una infancia en una familia de inmigrantes italianos en la cual la presencia tiránica de la abuela se complementa con una omnipresencia de la muerte: los muertos, la religión y las creencias (religiosas y paganas) crean una realidad en la cual los muertos son presencia viva y suelen reaparecer para hacer de las suyas:

 

“La muerte en la casa era un mal muy presente. Aludía al pasado y hacía temerle al futuro. La muerte estaba en fotos; fotos de los mismos muertos, cuando estaban vivos, que se convertían en diversiones por un rato, los días de lluvia, cuando nos dejaban revisar los arcones. La muerte era un juego cuando enumerábamos finados, un cuento cuando oíamos la historia de cada uno de ellos. La muerte no era la muerte para nosotros.”

 

Al regresar a la finca, la narradora también va recuperando la historia familiar, con la llegada de sus bisabuelos desde Génova, y debe enfrentarse, en el presente, a una misteriosa inundación que amenaza con destruir toda la herencia familiar (la tierra, el campo con el roble centenario en su centro).

 

Esta novela, escrita con una prosa que te envuelve, como la de las novelas de Austen o las de las hermanas Brönte, que está llena de humor y de sorpresas, y de literatura, es sobre la muerte, pero también sobre la vida; es sobre la inmigración, sobre las bases de nuestro país; sobre la violencia política en la dictadura, sobre la religión, sobre la vida en el campo, sobre la familia (como condena y bendición), sobre el amor, como luz y también como peligro. En fin: habla de tantas cosas, y de tantas cosas incorrectas e incómodas, y en forma tan profunda y a la vez irreverente, que yo creo que merece el principal elogio que puede recibir un texto de LIJ cuando no se amolda a lo esperado: “esto no es LIJ”. Y también merece el otro elogio triste, pero cierto, con que se condena a muchas grandes novelas: “hoy nadie lo publicaría”.

 

Es que la LIJ de hoy, una parte en crisis de un arte en crisis en simbiosis con una industria en crisis metida en una economía en crisis que está metida en una sociedad en crisis, tiene muy poca tolerancia a lo distinto.

 

Por eso, en este mundo actual, gobernado por una hipocresía cruel y galopante (diría que siempre, pero hoy se nota mucho), la LIJ está emparedada, atrapada entre la ultracorrección política “progre” por un lado y la censura feroz por otro, entre el imperativo de no decir nada que incomode a nadie (si quiere verse publicada alguna vez) y el de tocar un tema “áspero” pero preciso, para tapar un hueco en el catálogo de una editorial.

 

Donde se puede hablar de la muerte pero no se puede decir que un personaje de ficción es gordo. Donde se exige realismo pero los adolescentes (o incluso cualquier personaje, diría) no pueden decir malas palabras, tener vicios, pensar en sexo ni tener opiniones políticas. Donde un tema “tabú” (como la violencia, la identidad de género, el racismo o las faltas de ortografía) puede aparecer solamente si es “el tema del libro”, si es libro es sobre eso, pero no es tolerado si es escrito como un aspecto o una parte más de la realidad.

 

Los adultos que leen (no son muchos, pero los hay) sí toleran esas cosas (o algunas de ellas) en sus propias lecturas; pero la sociedad adulta, en forma bastante hipócrita, no permite que los chicos y jóvenes lean ni siquiera menciones a esos asuntos. No son los editores quienes deciden eso (al menos, no en primera instancia): los editores (me refiero a los publishers), en promedio, publicarían la biografía no autorizada de su propia madre, si pensaran que va a generar ganancias. (No lo digo con rencor: es su trabajo. O tal vez sí con un poquito de rencor, pero igual los quiero a los editores eh: se manejan en un equilibrio precario dentro de una empresa capitalista que produce bienes culturales que a la vez son expresiones artísticas… es casi magia).

 

Y la sociedad, por más que de la boca para afuera aplauda los libros incómodos, y declare que los ansía y los adora, no quiere libros incómodos: esta sociedad en que vivimos se incomoda cada vez más fácilmente, y apenas los tolera. Por eso, si la sociedad quiere solo libros simpáticos y bien escritos sobre próceres incuestionados, la sociedad va a recibir, mayoritariamente, eso. Y si un chico quiere leer una historia sobre un personaje que no se porta bien, tiene dudas y elige caminos incorrectos y sufre experiencias terribles (o maravillosas), muy probablemente no la va a poder leer, o le va a costar un montón encontrarla, porque ese libro se escribió tres veces y se pensó dos más, pero ya no existe:

 

- La primera vez que se escribió, un editor lo editó y se publicó, pero no se vendió bien, así que tras penar durante algunos años fue descatalogado.

- La segunda vez que se escribió, paseó por varios lugares, pero ningún editor quiso publicarlo (o alguno quiso, pero no pudo, no lo dejaron sus jefes).

- La tercera vez que se escribió, el autor ni siquiera quiso mostrárselo a ningún editor, porque para qué, y lo guardó en su compu o en donde sea que escribe.

- La cuarta vez solo se pensó, pero no se llegó a escribir, porque el autor también tiene que comer y no puede ir perdiendo tiempo escribiendo cosas que no se van a publicar nunca.

- La quinta vez apenas se pensó, y pasó como un aleteo mental que no llegó a echar raíces en la mente de nadie.

 

Ante este panorama, nosotres, la gente de la LIJ, en particular quienes escribimos las historias, solemos enojarnos un poco. O un mucho. Con el mundo en general, por ser como es, y en particular con quienes malentienden lo que hacemos, quienes no escucharon lo de la literatura sin adjetivos, o les entró por una oreja lo de la gran ocasión y les salió por la otra, o los que no encuentran el camino lector ni con el GPS, o los que insisten con decir “esto no es para vos” cuando le señalan un libro nuestro a un niño (o mucho peor, en nuestro caso: a un adulto).

 

Quienes aún creen, y quizá ya siempre creerán, que lo que hacemos es otra cosa diferente de la literatura y quieren hacerlo entrar, encajándolo a la fuerza, en algo en lo que entra solo con mucha voluntad y con muchas dificultades, como un pulóver que fue lavado en agua hirviente. Por ejemplo: un currículum escolar. Por otro ejemplo: un manual de instrucciones para mejorar el comportamiento infantil o adolescente.

 

Pero quizás, tal vez, ya es hora de que dejemos de enojarnos con quienes viven en ese malentendido, y que dejemos también de ilusionarnos con que este malentendido desaparecerá algún día, que el resto del mundo de una vez comprenderá qué significa la L de la sigla y abrazarán encantados esa historia que quisimos escribir. Y si la quisimos escribir es porque, antes, la quisimos. Que le permitan leer a los niños todo tipo de historias, sin pensar en un libro como un agente de corrupción y degeneración moral, o peor, como un instruccionario, muy bien escrito, para ser un humano como hay que ser y con las ideas que queremos que tengan.

 

Deberíamos, quizá (me lo digo a mí mismo: es un plural mayestático), deberíamos asumir ese malentendido como algo que va a seguir ocurriendo e intentar, ya que nuestros textos obligadamente tienen que adaptarse (al menos, en cierta medida), para existir, a lo que la sociedad, las editoriales, los padres y tanta gente espera de ellos (aun sin leerlos), utilizar el malentendido en nuestro favor. Disfrazar lo fronterizo y lo indómito de nuestro texto literario lo suficientemente bien, apenas lo suficiente, con la técnica que dominamos, como para que en el fondo siga siendo indómito, pero algún editor piense que publicarlo puede ser una buena idea, los docentes no piensen que van a perder su trabajo por darlo a leer, los padres no piensen que su hija o su hijo va a ser un presidiario homeless depravado por leerlo y los mismos jóvenes sientan un interés por continuar la historia, una vez que la comenzaron. El verdadero desafío de la literatura juvenil, y diría de toda la LIJ, es seguir haciendo literatura fronteriza e indómita en las rendijas de lo cada vez más poco y cada vez más homogéneo que se publica.

 

No ser el jinete que va raudo a morir a Samarcanda. Tampoco ser el príncipe que reclama tibiamente por el bienestar de su empleado, mientras pasea en Damasco vestido de damasco y se come un damasco. En esta analogía, al menos, tenemos que ser como la Muerte: nos sorprende cómo se interpreta nuestro gesto, pero igual vamos a hacer lo que tenemos que hacer, vamos a viajar a encontrarnos (encarnados en nuestros libros “para chicos” y “para jóvenes”) con ese lector que no sabe qué va a encontrar cuando abra un libro nuestro.

 

Esa chica, ese chico esperaba hacer una tarea para la escuela, esperaba pasar el rato cuando se cayó internet, esperaba aprobar su materia, esperaba leer escenas hot con personajes con quienes pudiera empatizar, esperaba que le enseñaran a usar el cepillo de dientes, esperaba entretenerse con una historia con onda, esperaba que le dijeran que está mal discriminar o tirar basura en la calle, esperaba deslumbrarse con dibujos divertidos o reírse con una historia chistosa, y de golpe fuissss, le corta la cabeza, o le vuela la cabeza, mejor, una historia que produce algo en él o ella, que lo cambia en una forma sutil que aún no comprende y quizás nunca lo haga; que lo hace reír de cosas de las que no se suponía que se riera, que le muestra una parte incómoda de la realidad en la que él o ella creía que estaba viviendo, que lo/la hace consciente de que una historia puede contar algo "malo" sin ser por eso un mal libro, que la/lo lleva a un mundo distinto del que conoce y que, sin saberlo, ya también habita.

 

Una historia que lo/la acompañará por siempre, aunque la olvide. Una historia que hará eso que hace, claro, la literatura, lo que sabemos que hacen nuestros libros; al menos, los mejores que hicimos, los que tienen en ellos todo lo que somos: esa historia que quisimos escribir y escribimos, sobre todo, para sacarla hacia algún lado, porque si no, nos iba a quemar por dentro para siempre.

 

Y entonces, cuando ese lector crezca y diga cosas como “yo nunca leí literatura, solo libros para chicos”, en vez de hacer una mueca de enojo ofendido, nosotros, sin decir nada, sonreiremos mientras pensamos, en alegre pero discreta victoria: “¡ja! Caíste”.

 
 
 

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