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Las censuras del joven Werther

En la Frontera de la LIJ habitan también, desde hace siglos, textos que les jóvenes adoran, pero que les resultan de difícil o imposible acceso porque las personas adultas que pagan y/o indican los libros que pueden leer no adoran de igual forma, y entonces esos libros se eliminan o (incluso mejor, cuando es factible) se eliminan de ellos las partes o las cuestiones problemáticas.


Porque no se debe pensar que el canon de la LIJ es elegido por las niñas, los niños y les jóvenes que leen: no señora, el canon es elegido por las personas adultas. Después, esos libros pueden encantarles a los lectores niños o pueden odiarlos: claro que sí. Pero para que un Harry Potter o un Gaturro o cualquier otro libro LIJ llegue a las manos de un niño, primero hubo un adulto que lo eligió y que desechó otras opciones para llegar a esa elección.

La censura se ejerce con buenas intenciones, claramente. En la gran mayoría de los casos. Como en otros posteos previos, no me estoy quejando: solo señalo una realidad. Las personas adultas elegimos aquellos libros que creemos que serán buenos para los niños y las niñas. O al menos, estamos convencidos de que no los dañarán demasiado. La censura, entonces, existió y existirá (al menos, hasta que los niños terminen sus estudios, consigan un trabajo y se compren sus propios libros, es decir, hasta que ya no sean niños, o consigan disfrazarse de adultos con mayor efectividad).


Lo que cambia, entonces, es el criterio del adulto que censura. La idea que tiene sobre qué es bueno que un niñe o un adolescente lea. La idea que tiene sobre qué es malo o nocivo que lea. Incluso si creemos (medio en abstracto) que pueden leer de todo y que pueden elegir ellos mismos qué leer, teniendo esa potestad no le recomendaríamos cualquier libro a cualquier niñe: quizás Mientras agonizo, Neuromancer o Guerra y paz no sean las mejores opciones para alguien de ocho años, nos decimos. Y queremos que aprendan de nuestro saber y experiencia, que para algo llevamos más tiempo aquí que ellos y parte de ese tiempo, incluso, leímos. Hacer esas elecciones es parte de educar, en última instancia. No hay que renegar de eso.


Uno creería, eso sí, que para seleccionar una obra literaria “apta” para niñes y jóvenes, un criterio importante debería ser que fuera un “buen libro”, “buena literatura”. Una definición en última instancia muy discutible, personal y difusa, que podemos transmitir e incluso justificar, pero que necesariamente no será nunca de una validez absoluta y universal: lo que yo considero bueno no tiene por qué serlo para otro ser humano. Incluso para un niño o una niña, que también son casi casi humanos (me dijeron).


Si la historia está bien contada, si “le llega” al lector, si la entiende y produce en él o ella emociones (cualquier emoción, incluso ira o tristeza), si hay un trabajo con las palabras y su sonido y su significado para obtener una chispa (o un incendio) de belleza y de arte, para mí será (simplifico) un buen libro. Pero históricamente, ayer y hoy, cuando se trata de elegir o esconder libros para jóvenes, existió siempre un criterio moral: que no se lea allí nada que nos resulte reprochable, en especial, si quien lo realiza es un niño o un adolescente.


Llegamos así a las muy diversas “reglas” que debe cumplir una obra de LIJ (incluyo la poesía y el texto teatral, no solo la narrativa) para ser “aprobada” y llegar a su destino (niñes y adolescentes que leen): que no tenga malas palabras (incluso si tiene personajes que, para ser verosímiles, deberían decir malas palabras casi en cada oración, como un/a adolescente actual promedio); que no se hable de sexo (a veces, ni siquiera se toleran alusiones veladas); que no haya violencia en ninguna de sus formas (adiós a la mitad de la literatura, solo con eso); que sea un texto esperanzador (aunque no haya motivos para tener esperanzas); que “termine bien” (a veces se rechazan incluso los finales abiertos); que no haya en el libro seres que no existen en la realidad real del mundo conocido, como hadas, fantasmas o brujas (aunque quienes impulsan ese criterio suelen no tener inconvenientes con los animales que hablan o [¿lo digo?] con Dios); que sea un libro validado por el canon (de un autor/a famoso/a o muy leído/a); que no tenga palabras difíciles; que no reproduzca categorías del sistema patriarcal (adiós cuentos de hadas, un gusto haberlos conocido); que nadie muera; que no se mencionen (o se aluda a) las drogas, las armas, el divorcio, el racismo, el alcohol o los cigarrillos, el comunismo, la política, la homosexualidad, las partes pudendas. Y muchas más, solo enumeré las que recordé en un minuto. No todas están igualmente activas en todo momento y en cualquier lugar, pero apuesto a que al menos una de ellas está vigente en donde vivís y/o en la persona, la comunidad o la institución que recomienda libros para tus niñes o adolescentes cercanos.


[Digresión: No quiero irme por las ramas, pero también hay criterios de censura positiva, que marcan un tema o característica que, de estar incluido en el libro, facilitará su publicación y su venta comercial como LIJ; incluso, un criterio de censura de los del listado previo puede transformarse en un criterio de censura positiva, en ciertas circunstancias (libros que “tratan sobre” la homosexualidad, la violencia, el racismo, las drogas, etcétera, y por eso son publicados aunque no sean, literariamente, gran cosa).]


La censura por criterios morales se basa, desde mi punto de vista, en una falacia: la idea de que un niñe o joven hará efectiva e instantáneamente, en su vida, eso que leyó. Que si lee textos en los que se coge, cogerá (no funciona, les aviso); si lee malas palabras, las dirá; si lee un libro en el que hay un personaje homosexual, será homosexual; si lee drogas, se drogará, y así ad infinitum. No quieran saber lo que habría sido yo a los once años, si esta teoría funcionara. Es, creo, una gran subestimación de la capacidad mental y psicológica de un niñe o joven, y una enorme sobreestimación del poder de la palabra escrita. Nadie se vuelve nazi solo por leer Mein Kampf a los doce (yo), así como no saldrá a dar la vuelta al mundo meta dibujar pájaros y tortugas por leer El origen de las especies de niño (yo, de nuevo). La literatura es poderosa, sí, pero actúa en formas mucho más sutiles y lentas y (en mi opinión) positivas: leer muchos libros te hará mejor persona, a la larga. Un poquito mejor, al menos. En eso sí creo. Te cambiará un poco, extenderá un poco tus horizontes, tus saberes, tus posibilidades de imaginar, de pensar y pensarte, de sentir. Pero no necesitás leer biografías de santos para ser bueno o policiales para volverte un criminal.


Tras esta larga intro, llego por fin al libro que quería norreseñar hoy: Las penas del joven Werther (Die Leiden des Jungen Werther), de Johann Goethe, publicado en 1774 (¡hace casi 250 años!). Este libro fronterizo fue posiblemente una de las primeras novelas decididamente juveniles que hubo en Occidente. Su autor era joven cuando lo escribió (tenía menos de 25) y, aunque no fue escrito exclusivamente para jóvenes (más adelante hablaré de los libros que “caen” en la LIJ sin proponérselo), el Werther tuvo un enorme éxito entre el público juvenil. Volaban, las ediciones. Un gran best-seller que catapultó a la fama a su autor casi de un día para otro.

(Tengo en casa la edición de la imagen, de Reclam [Stuttgart, 1985]; es una edición preciosa, pequeñita, de 10 x 15 cm).


El libro es, por cierto, espectacular. Está armado con un conjunto de cartas que Werther (un joven de alrededor de veinte años) le envía, durante un año y medio, a su amigo Wilhelm. En ellas cuenta, además de sus ideas sobre la naturaleza y la vida en general, su llegada a un pueblito semirrural donde conoce a una chica, Lotte, de quien pronto se enamora. Lotte está ya comprometida con un muchacho, Albert, que para peor es un buen tipo, así que Werther ni siquiera puede considerarlo un enemigo. Werther, que es muy sensible, intenta escapar pero vuelve, Lotte le da bola pero solo como amigo, él se va enamorando y recontraenamorando y desesperando cada vez más, y termina suicidándose. La trama, así contada, no parece gran cosa, y mientras uno lee, hoy, no puede dejar de pensar que Werther, pobrecito, es un infeliz y a veces se pasa de rosca de sentimental e influenciable. Pero consideren que empezaba la época del Romanticismo, en Europa, y ¿qué mejor edad para ser romántico que la juventud?


Además, el librito (unas 150 páginas) está escrito con tanta frescura, con tanto ritmo, con una estructura tan bien pensada (con escenas sutilmente espejadas entre la primera parte y la segunda) que uno se engancha muy fácil con esa voz de Werther y es casi imposible no entenderlo, condolerse con sus penas y lamentar su triste y evitable final. Es un gran libro, en mi opinión el mejor de Goethe, y aunque fuera solo por él merecería su fama póstuma de gran autor alemán (aunque no es por este librito que se la ganó, me temo). Es una novela que recomendaría sin dudar para cualquier joven o adulto. Y aquí lo hago.


[Mini digresión: la forma fresca y juvenil en que está escrito el libro se percibe en el original en alemán y en unas pocas traducciones; en las demás, los traductores consideraron que Goethe era un tipo viejo y serio, un “gran escritor” de un siglo lejano, e hicieron que el texto traducido quedara pomposo, antiguo y aburrido, quitándole la mayor parte de su gracia y su informalidad. Otro día hablaré de la tradición de la traición en la traducción (“traduttore, traditore”, dice el dicho).]


Pero ocurrió algo, cuando el Werther empezó a circular. Los jóvenes empezaron a leerlo, muchos se volvieron fans, incluso se vestían con la ropa que usa el protagonista (frac azul, pantalón azul y chaleco amarillo, como para una velada formal en la Bombonera). Y hubo, dicen, una ola de suicidios por toda Europa: jóvenes que se suicidaban imitando la forma en que lo hace Werther en el libro. El libro se prohibió en varios países, para evitar que “contagiara” a los jóvenes las ganas de suicidarse. Y, en el colmo de los colmos, un merecidamente ignoto autor alemán, Friedrich Nicolai, escribió una novela-antídoto con un final alternativo, Las alegrías del joven Werther, en la cual Albert evita el suicidio de Werther cambiándole las balas por sangre de pollo y, para terminar de convencerlo, le cede gustosamente la posesión de Lotte (esta novela originó un poema de protesta de Goethe, “Nicolai se hace encima de la tumba de Werther”, que probablemente debería considerarse como antecedente del libro del Topito).


Incluso, esto generó un concepto sociológico serio, el “efecto Werther”: la idea de que la gente se suicida para imitar a un famoso que se suicidó. Como la ola de suicidios tras la muerte de Marilyn Monroe en 1962 o les 28 adolescentes que se suicidaron en Japón tras el suicidio de la cantante Yukiko Okada en 1986.


Pero lo único que registra ese supuesto “efecto” es que algunos suicidas copian la forma en que se suicidó un famoso. Pero no dice que se suicidaron PORQUE se suicidó esa persona. De hecho, 1962 fue, en el último siglo, uno de los años con menos suicidios en los Estados Unidos (los picos son la Gran Depresión de 1929, los años de la Primera Guerra Mundial y cierto repunte en los años recientes del gobierno Trump); y en Japón se suicidan, cada año desde mediados del siglo pasado, un promedio (enorme) de 56 personas por día, por lo que esos 28 jóvenes “imitadores” de 1986 representan, lamentablemente, apenas doce horas de suicidios japoneses en un día cualquiera de cualquier año. Es decir: quizá no es un número taaaan significativo como nos quieren hacer creer y, además, quizás esa gente se hubiera suicidado igual, ¿no lo pensaron? Quizás esos lectores de Werther iban a suicidarse de todas formas, por causas ajenas a la lectura literaria, y solo copiaron el método wertheriano (un disparo en la sien, tampoco tan extraño) porque les pareció cool. Quizás muchos querían suicidarse y al final no lo hicieron porque descubrieron el Werther, leyeron eso de “Artesanos cargaron su ataúd. Ningún sacerdote lo acompañó” y se dijeron que no estaba tan cool suicidarse, después de todo, y vivieron vidas largas y felices. Parece una forma de pensar muy lineal, superficial y poco científica, culpar a una novela por algo tan serio y terrible como un suicidio. Como si Faulkner generara la esclavitud por motivos raciales, Bukowski causara las peleas de borrachines en los bares y Caperucita, cada vez que elige el camino largo, fuera la responsable del patriarcado.


Por eso: no les creas, a los censores; ni siquiera al pequeño censor que llevás dentro. No vas a causar el suicidio de nadie, por darle a leer el Werther. Por el contrario, le darás una novela que podría valer la pena leer y que, quizás, hasta le guste y todo, a pesar de su innegable antigüedad.


Recomendada.

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