Es urgente ver el mar
[Ponencia realizada en el 31° Foro Internacional del Libro y la Lectura, Fundación Mempo Giardinelli, en la mesa sobre tendencias actuales de la LIJ que compartí con María Fernanda Heredia, Raquel Patriarca y Graciela Bialet. Mi tema era: tendencias actuales en la literatura juvenil.]

Voy a comenzar con dos citas. La primera es breve:
“Es urgente ver el mar”
Raquel Patriarca, en su libro Tempo é uma palavra que se empresta ao mar.
La segunda es un poco más extensa:
“La literatura ―el arte en general― ha estado siempre del lado de la diversidad. Ha cumplido su papel en esa exploración de los bordes del enigma, construyendo pequeños universos de sentido. No explicaciones: universos o, más sencillamente, juegos. Frente a lo incomprensible, pero denso y deseable en su presencia ―‘lo otro’, el bosque, los enigmas―, el arte no se ocupó de señalar certezas, sino que más bien jugó con la incertidumbre. Esa ha sido su tarea: la continuación del juego. (...). Por supuesto algunas obras se han arriesgado más que otras o se han metido más adentro en el bosque, pero todas ―siempre y cuando hayan jugado― sirvieron para visitarlo”.
Graciela Montes, en Buscar indicios, construir sentido.
Convocado a esta mesa, con estas geniales colegas escritoras, estoy en el compromiso de decir algo más o menos interesante sobre la literatura juvenil y las tendencias actuales, qué o cómo se escribe hoy. Es una tarea difícil, porque no soy experto en ninguna de esas áreas, y ni siquiera soy joven tampoco. ¿Escribo literatura juvenil? Supongo que sí: una semana atrás se publicó en Penguin una novela que escribí y salió etiquetada con ese rótulo. Pero los adjetivos que se aplican a las historias que escribimos (“infantil”, “juvenil”) nunca serán la esencia de lo que escribimos: escribimos historias. Escribimos literatura: la ele de la sigla es lo importante, las demás letras confunden nomás.
¿Son distintas, las historias “para jóvenes” de hoy? Claro que sí. Así como son diferentes las historias no juveniles. Porque quienes escribimos historias lo hacemos siempre desde un tiempo y en un lugar, y expresamos inevitablemente una forma de ver el mundo; al escribir, representamos problemas y preocupaciones que nos tocan y, a veces, nos hieren y nos atraviesan. Ursula Le Guin decía, usando la misma imagen que Graciela Montes en la cita inicial, que mientras escribía sentía que iba andando por un bosque en penumbras, buscando un camino para salir. Creo que a todos y a todas nos pasa algo parecido: no escribimos para comunicar nuestras certezas y difundir nuestra sabiduría, sino para compartir nuestras incertidumbres, para no sentirnos solos, y para que quienes leen o escuchan esa historia no se sientan solos tampoco.
Porque vivimos en una época hostil (“Era la mejor y la peor de todas las épocas”, escribió Dickens en el comienzo de Historia en dos ciudades). Es un tiempo hostil para todos los seres humanos, y por supuesto, también es hostil para los jóvenes. Decidimos, como sociedad, cederle el manejo del mundo a un puñado de varones blancos multimillonarios, crueles y estúpidos (y que nunca leen literatura, por cierto), y nos sorprendemos luego por su falta de empatía, su crueldad y su estupidez. En este mundo con perspectivas económicas, ecológicas y sociales desastrosas, los jóvenes deben encontrar su camino hacia ser personas mas o menos humanas cuando todo el tiempo los están bombardeando (metafóricamente, si tienen suerte) para que sean números: se les exige ser exitosos y se les dice que el éxito es odiar a todos los demás, a cada uno por un motivo diferente: por su género, por su piel, por el lugar donde nació, por el idioma en que habla, por su aspecto, por su clase. El éxito en la vida es ser un ganador, y eso se logra denigrando al diferente y, si es posible, eliminándolo, aplastándolo.
Elon Musk dijo hace poco (con un tono de amenaza bastante patotero) que las computadoras en un futuro cercano podrán calcular todas las jugadas posibles del ajedrez (10 a la 120 potencia, un 1 seguido de 120 ceros; un número bastante más alto que el de los átomos en todo el universo) y de esa forma “resolver el ajedrez”. Lo que es algo que solo diría o propondría alguien que no juega al ajedrez y que no entiende que el ajedrez es un juego, y que a las personas que juegan al ajedrez les interesa jugarlo, no resolverlo (que es lo mismo que decir: destruirlo).
Y algo parecido pasa con la literatura y la inteligencia artificial (que, por cierto, no es inteligencia, porque precisamente no piensa, solo maneja una cantidad inmensa de datos preexistentes y los reacomoda, dando una simulación del pensamiento; se ve que la letra I es engañosa en todas las siglas). Yo confío en la literatura, y en que su propósito y su importancia superará las intenciones de los poderosos; pero lo que intenta la IA (quienes crearon, difunden y son dueños de la IA) es eliminar la literatura, “resolverla”: si una IA puede escribir mil novelas en un minuto, ya no hace falta que las personas tarden años para escribir (y arreglar, y reescribir y rearreglar) una sola novela, sin tener siquiera ninguna garantía de que les vaya a quedar bien. Y en consecuencia, si no hace falta escribir historias, tampoco hace falta que nadie las lea: porque leer literatura es una parte esencial de la creación literaria. En literatura, leer es escribir, y escribir es seguir leyendo. La literatura juvenil se hace cuando un joven lee una historia, no cuando un viejo como yo escribe en su compu en una habitación vacía. La IA no lo sabe, y no lo sabrá nunca: está mucho más cerca de eliminar a la humanidad entera que de comprender a un solo ser humano.
Hace poco le preguntaron al poeta Mario Montalbetti si creía que una IA podía escribir un buen poema. Contestó: “Cualquier respuesta es irrelevante porque, en verdad, no sabemos qué es un buen poema o, para tal caso, qué es un poema”. (...). Una IA puede producir objetos verbales, pero no sabemos muy bien si son o no son poemas, ni si son o no son buenos.” Pero agregó algo aún mejor: “Lo que no entiendo es por qué alguien le encargaría a una IA que haga un poema. ¿Por flojera, desgano, pocas ganas de trabajar? Para mí, el trabajo de hacer un poema es su propia recompensa y tal vez la parte más interesante de todo el proceso porque es el momento en el que uno escribe mientras piensa. Creo que si alguien le encarga a la IA que haga un poema, uno abandona la posibilidad de acceder al pensamiento del poema”.
Y pienso eso también: me gusta escribir, y me gusta que alguien pueda leer una historia que imaginé y así, de esa forma, completarla. No para “resolver” la literatura ni la vida, sino para jugar con la incertidumbre, como dice Graciela Montes.
¿Aparecen las nuevas tecnologías, las IA, los celulares, en las historias juveniles actuales? Claro que sí (pienso en Nave a Tierra de Martín Blasco, por ejemplo, o en Las amenazas de Andrea Ferrari, en la nueva edición de Rafaela de Mariana Furiasse, en De este lado del mundo de Victoria Bayona, entre muchos otros ejemplos). Aparecen también el bullying y el ciberacoso, como en La lluvia sabe por qué de María Fernanda Heredia o Un infierno de Lydia Carreras. Aparece la búsqueda de la identidad, como en El jamón del sánguche de Graciela Bialet o Bajo la sombra del jacarandá de Paula Bombara. Aparece la problemática de crecer, de descubrir qué significa ser una persona en el mundo de hoy. Pero detrás de lo nuevo, o con la apariencia de lo nuevo, todo lo que escribimos sigue tratando sobre los mismos temas que las novelas de hace cien años, o doscientos, o trescientos: la identidad, el amor, la muerte. El tiempo, sobre todo: escribimos historias sobre (y desde) el tiempo. Desde estar en él y saber lo que es, pero sin poder definirlo (como decía San Agustín: “si no me preguntan qué es el tiempo, lo sé; pero si me lo preguntan, ya no lo sé”).
Por eso me encanta la cita de Raquel Patriarca con la que empecé este textito: “Es urgente ver el mar”. Creo que puede ser una buena base para definir la literatura actual, o si quieren, y para no ponernos ambiciosos, la literatura juvenil: es urgente seguir escribiendo-leyendo historias que nos hablen de la incerteza (terrible, maravillosa, dura y bella) de ser humanos; que nos hablen del tiempo y nos reafirmen la certeza de que el tiempo nuestro es nuestro, o al menos debería serlo. Que nos permitan, o que les permitan a los y las jóvenes, escuchar historias de otras personas y, a partir de eso, habilitar su posibilidad de saber quiénes son, de contar ellos una historia, de contar su propia historia (y no hablo de una historia literaria, sino de narrar como un elemento constitutivo de ser humano). Hoy como siempre, y más que nunca, considerando la hostilidad creciente de un mundo donde se realiza un genocidio y se criminaliza a las víctimas y a quienes se atreven a señalar que eso ocurre; donde se reprime y a la vez se insulta a los/las pobres, a las mujeres, a los discapacitados, a los ancianos, a los docentes; donde se le roba a los que menos tienen cada vez en forma más descarada; donde quieren “vendernos” la falta de empatía y el silencio como pilares fundamentales de un sistema “ideal” y “exitoso” pero que solo favorece a quienes lo manejan... En este mundo, es urgente detenernos a tocar nuestra propia cara, como ciegos, para reconocernos y aprender quiénes somos. Es urgente escuchar una historia; es urgente leer y escribir una historia, y hacerla nuestra. Es urgente ver el mar, y contarlo.




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