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Run Run

  • hace 2 minutos
  • 4 min de lectura

Esta nueva novela de Laura Devetach (que sigue creando buena literatura a sus noventa jóvenes años) fue publicada recién (2026) por Siglo XXI, con la dirección editorial de Laura Leibiker y la dirección de arte y diseño de Emmanuel Prado. Las ilustraciones del libro son de Rocío Alejandro.


Empezaré por el final para decir: qué hermoso libro es este. Aun antes de empezar a leer, ya comenzamos a apreciar el cuidado en los detalles de la edición, en la impresión, en el diseño, en la ilustración: como que no es solamente un gran texto de Laura Devetach (¡lo que no sería poco!), sino un libro completo, un objeto pensado para maravillarnos, sorprendernos y encantarnos al leer la historia. Las ilustraciones de Rocío son preciosas e impactantes: hechas con sellos, montones de pequeños sellos fabricados por ella misma uno por uno para hacer los automóviles, los edificios, los personajes, los elementos que los personajes manejan... Rocío también se ocupó, a partir de los pocos colores de tinta para sellos que se consiguen en las librerías de aquí, de mezclar y probar y armar cada color que ella buscaba, en una paleta de tonos ocres y quebrados (los mismos que aparecen en la tapa y en los títulos de los capítulos, de forma que el libro, aunque fue impreso a cuatro colores (a todo color) parece impreso a tres colores nomás. Las ilustraciones están muy presentes, a lo largo de la novela: van acompañando al lector, haciendo un contrapunto con lo que sucede, construyendo junto con las palabras el entorno urbano, las calles, el barrio... Casi todas las dobles páginas tienen alguna ilustración, lo que es infrecuente para una novela; y aun así, esas imágenes, a veces pequeñas y detalladas, logran no interrumpir la lectura, sino complementarla. Se percibe el gran trabajo de diagramación, diseño e ilustración que hubo en este libro, y los lectores lo agradecemos. (Digresión: me quedé con las ganas de que el nombre de Rocío apareciera en tapa también, como el de Laura; aunque es una novela, el trabajo autoral de la ilustradora fue muy importante en este libro).



La tapa en sí ya es única: es una tapa dura, pero en una forma muy sui generis: en lugar de que toda la tapa sea acartonada, se usó una tapa en papel y arriba del papel se pegó un cartón duro (dos cartones, en realidad: uno en tapa y otro en contratapa). Los cartones forman la tapa, pero a la vez son dos elementos que se suman a ella, que mantienen su individualidad, y marcan una presencia imposible de soslayar, cuando uno tiene el libro en las manos.


Y eso es importante porque la historia está protagonizada por personajes que cartonean. Que juntan, que cirujean. Gente que no tiene casa, que no tiene casi medios de subsistencia, que sobrevive buscándose la vida día tras día, que casi no tiene nada propio, ni siquiera un futuro. Personajes urbanos del barrio de Once (donde vive Laura desde hace muchos años), en un presente doloroso de crisis económica (que ya parece eterna, pero que se las arregla para empeorar cada vez más) que “deja afuera” del sistema cada vez a más gente. En este contexto, Laura nos cuenta la historia de una niña que vive en la calle, Run Run, de su hermano, el Grande, y de Efraín, un linyera habilidoso para construir los elementos mecánicos que le hacen falta, desde un paraguas hasta una casa improvisada con bolsas y caños.


Es una historia sencilla, de encuentros humanos, de accidentes peligrosos, de aventuras mínimas pero que pueden llegar a ser de vida o muerte para esos personajes que nada tienen salvo unas pocas personas alrededor, ideas, imaginaciones y ganas de vivir, a pesar de todo. Laura no cae en la condescendencia ni en un optimismo acrítico de cuento de hadas: la historia que nos cuenta es dura, porque la realidad en la que ocurre es dura, y el relato no romantiza la pobreza, ni la edulcora, ni la ensalza. Y aunque a lo largo de la narración hay momentos de emoción, y de esperanza, y de belleza (como cuando entre las cosas de Efraín, Run Run encuentra un libro preciso, y un diploma), en el final de la historia nos quedamos sabiendo que esos personajes, aunque ficcionales, existen (o muchos parecidos a ellos) en la realidad de la ciudad donde vivimos, y que su historia probablemente no tendrá un final feliz, si como sociedad nos empeñamos en quitarles todo y dejarlos sueltos, para que se arreglen solos.


Y aun así, son tan bellos esos personajes, tan creíbles y humanos, que los hacemos propios, y seguimos a Run Run, a Efraín, al Grande, al perro Pelo por su recorrido entre calles oscuras y puentes, esperando que el nuevo día, o las siguientes páginas, les traigan alguna buena noticia esta vez.

Gran libro, recomendado.

 

Habían empezado a juntar cuando su madre se quedó sin trabajo, así que ahora ella y el hermano sacaban un poco de plata de la calle. La madre había trabajado como empleada en una casa de gente que tenía pileta de natación y un piano. Una vez Run Run tocó las teclas del piano y sintió burbujas en todo el cuerpo. La señora de la casa le tocó el arrorró y Run Run había lagrimeado. En la pileta flotaba un enorme yacaré verde de los chicos, que era inflado, pero a ella le buscaba la mirada. También había muchos libros que la doña le prestaba mientras Run Run esperaba a su madre. (...)

Después, continuó narrando, algo les había pasado a los patrones, porque se volvieron pobres. Tuvieron que dejar la casa y su madre quedó en la calle de un día para el otro. No conseguía trabajo porque la gente no tomaba empleadas en esos días.

—Y nosotros también nos volvimos pobres —terminó Run Run.

—¿Te volviste pobre? —dijo Efraín con una risita de pelota rebotando—. ¿Te volviste? ¿Vos también perdiste el piano, la pileta, el yacaré y los libros?

Run Run se quedó pensando en todo lo que había perdido, aunque no fuera un piano.

—Perdí la comida —retrucó—. Ahora como en la escuela.

—Hay que vivir con poco pa´ no perder, chica. Lo que cabe en una bolsa, nomás. ¿Ves? —le mostró su bolsa—. Aquí tengo todo.

—¿Y lo demás? —quiso saber Run Run.

—El mundo se arma y se desarma como tu pila de cartón.


(en el capítulo 3, “El encuentro”)

 
 
 

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