El Enemigo
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Este libro de cuentos de Walter Poser fue publicado recientemente por Colisión Libros (https://colisionlibros.com/), en su colección de narrativa Quodlibet. La dirección editorial es de Cristina Witt, el diseño es de Nicolás Barrios D´Angelo y la foto de tapa es de Gabriela Funes.

Suele ser difícil encontrarse con los libros de las editoriales independientes (la FED, aquí en la ciudad de Buenos Aires, suele ser una buena oportunidad, en ese sentido); pero si ven este libro, no se lo pierdan. Los libros de cuentos no son lo que más leo (soy más de las novelas), pero disfruté mucho de este: los cuentos de Walter Poser, breves, ácidos pero a la vez entrañables, profundos pero a la vez graciosos, son muy entretenidos de leer, y de yapa te dejan pensando.
La mayoría está protagonizado por un mismo narrador anónimo, o por narradores tan similares que podrían ser la misma persona: un hombre que vive en la ciudad (de Buenos Aires), de mediana edad, de clase media, que intenta hacer frente a una realidad llena de dificultades (económicas, familiares, laborales, psicológicas), neurótico, inseguro, sin suerte en el juego ni en el amor, inquieto por fuera y por dentro, agobiado por su situación y buscando “la salvación” mediante métodos insólitos y casi con seguridad destinados al fracaso, como la reflexión filosófica, las apuestas en el casino o lavarse las manos cuarenta veces al día; los protagonistas de estos cuentos serían personajes de Onetti, si no fueran a la vez graciosos como personajes de Fontanarrosa.
Me despierto sobresaltado creyendo haber tenido una pesadilla. Pongo la pava para el mate mientras escucho la radio. No fue una pesadilla, es una pesadilla, porque continúa vigente. La radio me describe los síntomas de la enfermedad que aniquila a la humanidad. Me examino. De los siete síntomas tengo cinco, probablemente seis. No tengo fiebre. ¡Me la agarré!, me digo. ¡Era obvio que me la iba a agarrar! El mate me dio náuseas. Me acuesto. No me duermo. Me tranquilizo. Me examino. Tal vez solo tenga tres de los siete síntomas, y probablemente sean solo somatizaciones, me sugiero. Siempre queriéndome mentir, me digo. Estás enfermo, me quiero convencer. ¡No!, me convenzo. ¡Estoy bien!, me miento y me sirve por un rato.
(en el cuento “El enemigo”)
Algunos cuentos son más largos, pero muchos son breves, y algunos son casi ensayos de una o dos páginas, reflexiones y pensamientos de un narrador del que no sabemos mucho pero de a poco vamos sintiendo como un hermano, un otro yo, un Enemigo (así con E mayúscula, como en el título del libro). Estos cuentos configuran una especie de aguafuertes porteñas que se hermanan con las de Arlt, y a menudo, al avanzar por estas páginas, me iba imaginando que bien podrían leerse, uno por día o día por medio, en algún periódico de papel (de esos que casi ya no existen), en el subte o en un bar cualquiera de esta ciudad (o de cualquiera), para empezar el día con buen pie a pesar de todo.
Entre los treinta cuentos, mis favoritos son “Los miedos” (el primer cuento del libro, en el que se reproduce una conversación en un taxi), “El enemigo” (con minúscula, no como en el título del libro; un hipocondríaco obsesionado con la limpieza durante la pandemia), “La voluntad de Nieves” (un heredero desesperado) y los tres cuentos de la serie “Suerte”, pero diría que a todos los disfruté.
En fin, gran libro de cuentos de Walter, a quien conocíamos por sus libros LIJ (aquí en este blogcillo ya norreseñé “El duelo” y “¡Ánimo, animales!”) pero sorprende aquí como cuentista “para adultos” con una voz narrativa reconocible y querible.
Recomendado.
Después de esperar demasiado tiempo a que llegara mi turno la secretaria me llevó ante la reputada astróloga, que se me quedó mirando como una idiota al exponerle mi idea.
—¿Cómo que ajuste su carta astral?
No parecía demasiado complicado mi pedido, pero se lo repetí: “Cambiar algunos datos y realizar algunos ajustes de mi carta astral de modo que mi suerte gire 180 grados y deje de estar del lado oscuro de la luna”.
—Créame que no le entiendo, señor —me dijo.
(en el cuento “Suerte”)



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